El Grito Wilhelm


Fogonazo de luz en lo más hermético del desierto de Sonora. Mirada de serpiente que se esconde, polvo que se asienta, luz que se apaga, oscuridad que se cierra como cemento, botella de Jim Bean que fluye como un manantial.
Su Chevrolet Nova ronronea como un gato asmático a la espera del gran momento, de ese último salto. Hasta lo más recoleto del desierto le ha llevado, hasta el final de la noche que dijera Cèline. En su mano sopesa las dos estatuillas doradas. «Mejor Edición de Sonido», señalan en su absurdo existir. ¿Mejor edición de sonido? ¿Acaso pueden sonar unas palabras más vacías? Mejor edición de sonido, trasunto de la nada más absoluta, dos estatuillas que pudieran ser como ninguna. No valen ni lo que pesan.
Ojalá, se lamenta, tuviera una de esas que rezan «Mejor Director», una de esas sí que le hubiera gustado conseguir. O la de «Mejor Actor» también hubiera estado bien; al menos le habrían dado dinero y mujeres a espuertas, o aunque sólo hubieran sido mujeres. También hubiera cambiado gustoso las dos por una de esas estatuillas casi invisibles al «Mejor Guión»; su fama hubiera seguido siendo nula pero se sabría hacedor de una historia. Ojalá hubiera sabido algo de cine o tuviera algún talento, suspira en definitiva.
Pero no, no era su destino ese éxito de productores, directores o actores. Ni siquiera para la excelencia de guionista, montador o director de fotografía había recibido cartas. Lo suyo eran los efectos de sonido, los estúpidos, imperceptibles y etéreos efectos de sonido. Que los disparos y tormentas de siempre siguieran sonando como los disparos y tormentas de siempre. Que el machacón trotar de los caballos se acompasara con el trotar de los caballos en pantalla. Que en el aterrador grito del último estertor sonara por siempre el Grito Wilhelm. Todo un gran absurdo, como su vida.
El motor gasolina del Chevrolet Nova parece ulular en duelo cuando acaricia un poco el acelerador. La botella de Jim Bean, ya vacía, se le aparece como la representación misma del cenotafio de su alma. Su coche ya no es un coche, es un féretro. Enciende la radio con la cinta preparada para el momento y entonces acelera a tope.
Cortando la inmarcesible calígine, un coche se precipita al vacío en el más profundo cañón del desierto de Sonora. Los chacales, los únicos en escuchar la caída, hubieran podido advertir durante la misma el desgarrador Grito Wilhelm.
Si hubieran sabido de cine o tuvieran algún talento, claro está...







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