Los mejores




Escucha el mar. Escúchale en su agitación, nervioso, inmarcesible en sus ataques contra la costa. Escúchale porque te está hablando a ti, amenazándote, intentando decirte lo grande que es, riéndose de tu cobardía a oleadas. Sonido bello y terrible, constante, rompiendo contra las rocas intimidatorio. Quiere que sientas miedo, el mar. No sabe el mar que es tarde para el miedo, que lo dejaste atrás cuando iniciaste este viaje.

— Mala noche, ¿eh? —opina Hassim.

Sí, mala noche. Noche oscura, terrible, irreal. Noche de ojos furtivos mirando a un cielo sólido y gris. Pareciera ser de hormigón el cielo, tan densamente se cierra sobre cualquier resquicio en las nubes. Apenas aprecia un sucinto destello de Luna, se vuelve a cerrar, cómplice suyo y de su oscuridad. Es buen amigo este cielo que les cubre y les oculta. Es buen amigo el cielo de hormigón, a pesar de estar empapándoles con sus lágrimas de cemento.

— Qué frío hace —constata Hassim—. A ver si tarda poco ya…

Le traslada su manta a Hassim. Hace un amago de rechazarla pero tiene demasiado frío para repetir el intento. Le dice que a él no le hace falta, que él no tiene frío. No le miente. Su frío se quedó atrás, con su miedo. No podía traerlos en este viaje. Ni frío ni miedo, demasiado lastre. Aun así, cómo le recuerda esta sensación sobre las rocas a ambos. Maldice su impaciencia, cuánto se parece al frío y al miedo.

— Gracias, hermano —le da un beso en la mejilla Hassim.

No le responde a Hassim, no hay nada que responder ni agradecer. Él es su hermano mayor, su acto carece de mérito. Protegerle es una de sus maneras de quererle. Hace lo que debe y, a la vez, quiere hacer lo que hace. No protegerle, no quererle, no es una opción. Es su hermano pequeño y por él daría la vida, afrontaría cualquier peligro, le seguiría hasta el fin del mundo. El fin del mundo, aprecia, que es justo donde se encuentran. El fin del mundo no es un abismo abstracto sino unas rocas húmedas y resbaladizas a apenas unos metros de un mar rugiente que solo esconde más oscuridad. A partir de ahí, otro mundo espera. El fin del mundo es una playa en la noche.

— Lo primero que voy a hacer cuando llegue es comprarme ropa —intenta iniciar una conversación Hassim—. Odio con todas mis fuerzas esta que llevo puesta.

Mira a Hassim, quien sonríe en su simpleza. Ropa nueva, ese es el primer deseo que le pide su hermano al genio del nuevo mundo. Nada más, sólo ropa nueva. Ropa no gastada, limpia, seca; ropa no ahíta de polvo, caminos y sudor. No entiende que esta ropa es más que una indumentaria. No sabe ver más allá de los jirones y los agujeros el uniforme perenne que les ha traído hasta este fin del mundo. No llevamos ropa, hermano, le dan ganas de decirle, esto es nuestra piel y como tal lleva las marcas de lo que somos y hemos vivido. Es lo único que llevamos al otro mundo, esta ropa, esta piel, nosotros mismos. Nada más. No renuncies a tu piel, hermano, le gustaría hacerle entender, no repudies la ropa que pudiera ser tu mortaja.

— Escucha —se sobresalta Hassim—, escucha, hermano, ya se oye…

Es cierto. Entre el quebranto del mar se aprecia el monótono zumbido de un motor. Ya casi es la hora. Como el Caronte de la mitología, se está acercando la barcaza que les ha de trasladar del mundo de los vivos al de los muertos, o tal vez sea al revés. Como el Caronte de la mitología, también han debido abonar en oro su traslado a través del Lago Estigio que es esta mar picada de hoy. Bien pagado Caronte, hoy más que nunca traficante de almas. Maldito seas.

— Hermano —interrumpe sus ensoñaciones Hassim—, sé que la has recitado infinidad de veces pero ahora más que nunca necesito volver a escuchar tu poesía, ya sabes cual.

— No es el momento de poesías, Hassim —le reprocha—, es el momento de oraciones.

Pero decenas de ojos blancos que destacan como velas sobre la oscuridad ya le están mirando, alentados por la solicitud de Hassim, esperando a que empiece. Ve en sus ojos que no queda más momento para las oraciones, que todas las conocidas han sido repetidas mentalmente cientos de veces. El Dios de cada uno ya ha sido suficientemente alertado y puesto sobre aviso. Ahora no necesitan más divinidades, ahora solo necesitan creer en ellos mismos.

— Hermano, por favor —le implora Hassim—, tú sabes decir las palabras como ningún otro. Dichas por ti, todas las palabras son oraciones. Por favor, repítela de nuevo por última vez. Mi favorita.

No se puede negar. Está bien, además, que sea él quien se la pida ya que para él fueron escritas esas palabras, para infundirle coraje, para no dejarle caer en el desespero. Ya no sabe hasta qué punto cree en ellas o cuánto le identifican, pero las recitará de igual modo. En este improvisado anfiteatro que es este acantilado, ante esta audiencia encogida por el miedo y el frío, volverá a repetir las palabras favoritas de su hermano pequeño. Así, elevando su voz sobre el ruido del mar, empieza:
 


No preguntes quienes somos,
nuestro nombre es Esperanza,
ni mires nuestra piel azabache,
que ella tampoco te lo va a decir.
No te intereses por nuestra nacionalidad,
somos huérfanos del hambre,
ni quieras saber de dónde venimos
de la miseria, y con eso basta.
No pretendas saber cómo llegamos,
la noche guarda sus secretos,
ni mucho menos desde cuándo estamos,
día a día, en el mundo, desde siempre.
No te cuestiones por qué hemos venido,
solo huyendo de nuestro destino,
ni nos pidas cuentas ni peajes,
cuando las fronteras las inventaste tú.

Aún así te diremos lo que quieres saber,
más incluso de lo que quieres saber.
Te diremos los quiénes y los de dónde,
los cómos y los porqués.
Somos los que tuvieron valor para marcharse,
los elegidos de cada pueblo, de cada familia,
los más inteligentes, bravos y trabajadores,
los que desprendiéndose de penas y miedos,
supimos mirar a la muerte a los ojos
para recordarle que estamos vivos,
los que tenemos memoria hacia atrás,
pero no sabemos sino caminar hacia delante,
hacia donde apuntan nuestros sueños.
Somos el recuerdo de un mundo que olvidáis,
el eco quejumbroso de vuestra opulenta voz
que vuelve rebotado más alto y más fuerte.

Somos los mejores,
esa es la única respuesta,
nada más debéis saber.

Se impone el silencio sobre el rugido del mar cuando termina. Su hermano tenía razón, en esas circunstancias, en ese recoleto lugar, sus palabras han parecido una oración. El viento impávido y la lluvia punzante siguen cayendo persistentemente pero ya no importa. Hay hombres que lloran y niños que ríen por la tensión, pero a los ojos de todos ellos ha regresado la determinación que les ha llevado hasta allí. Están preparados para el viaje.

— Gracias, hermano —hipa un emocionado Hassim—. Mira, ya está a punto de llegar la barcaza.

Hassim tiene razón. A pesar de la oscuridad se puede adivinar una pequeña embarcación bimotor acercándose a la costa, sorteando lentamente las olas para hacer menos ruido. Cuando se para, a apenas unos metros de la playa, su único tripulante les hace un gesto para que acudan.

— ¿Parece sólida la barcaza, no te parece? —se infunde ánimos Hassim.

— Sí, hermano —le miente—, sí lo parece. Venga, vamos.

Sombras de hombres cortan a cuchillo la oscuridad, veloces, saltando sobre las piedras. Delgados como cadáveres parecen fantasmas salidos de la nada. Corren como si tuvieran prisa por dejarlo todo atrás, sin dudas, sin arrepentimientos. Él también corre. Alcanzan el agua y se abalanzan sobre la embarcación, Hassim aupado por su hermano, quien sube detrás de él.

— Tengo miedo —le confiesa Hassim mientras toma sitio.

— Yo también, hermano —reconoce al fin—, yo también.

El motor de la barcaza se pone en marcha, directo hacia el ruido de ese mar que respira como un monstruo asmático. En segundos, el mar, la noche y ellos mismos son la misma cosa.




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Este relato obtuvo el 1º premio en el I Certamen de Relatos Solidarios "Osmundo Bilbao Garamendi" convocado por la Asociación Alez Ale de Muskiz en el año 2007.


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