Cercanías






Todos nos mareamos el día en que cambiaron los trenes de cercanías por unos más rápidos y modernos. Ya sabéis de que modelos de tren hablo, no dejan de salir en la tele, ponerme ahora a describirlos se me antoja ridículo. Sí, esos, los del atentado, no vale la pena decir más. Pero como os decía: vaya mareo. Sestao—Barakaldo en cinco asépticos minutos, sin ruido, sin traqueteo, sin ventanillas abiertas para difuminar el olor a farias. Todo limpio, nuevo y reluciente como un quirófano, la antigua cacofonía de engranajes ahogada por un silencio hermético de nave espacial. Al principio del trayecto sorpresa y regocijo por la novedad. Al final del trayecto, ojos vacuos, sudores fríos, rostros céreos y potas sobre el andén. Mala digestión de los tiempos modernos.

Yo por aquellos tiempos tenía 15 años, vivía en Sestao y cursaba 2º de B.U.P. en un colegio de frailes de cuyo nombre no quiero acordarme en Barakaldo, lo cual me obligaba cuatro veces al día, ida y vuelta e ida y vuelta, a coger el tren que me transportara entre ambos pueblos fabriles. Pueblos fabriles señalo, y señalo bien, porque eran tiempos en los que las grandes fábricas de mi pueblo, si bien no estaban en pleno apogeo, al menos no habían emprendido el declive que, una a una, las conduciría inexorables hacia su decadencia. Aquellas grandes fábricas eran tres, Altos Hornos, La Naval y la Babcock&Wilcox, y cada una tenía su estación de tren propia: La Iberia, Urbínaga y Galindo, respectivamente. Las estaciones eran apéndices de las fábricas, o tal vez fuera al revés, no lo sé. Lo que sí sé es que a esas fábricas, el corazón de mi pueblo durante tantos años que ni los más ancianos recordaban el pueblo sin él, todos los sestaoarras estábamos atados de una manera u otra. Por esos trenes, las arterias de dicho corazón, viajaba a diario el pueblo en pleno, un barrio en cada vagón, miles de familias en cada estación.

Apenas han pasado 14 años de esto que cuento. Y el caso es que me parece que fue hace una eternidad cuando bajaba la perpetua cuesta de la Iberia a las siete de la mañana, casi siempre lloviendo, para coger el tren y admirar la concentración con que decenas de hombres mal afeitados desayunaban en silencio un bizcocho mojado en café negro mientras veían sin pestañear una pareja follando el televisor. Había decenas de esos bares en las inmediaciones de la estación de La Iberia, todos ellos clónicos en su metodología de desayuno, película porno, bocata y vino. Había para todos, no importaba la competencia. Y en una esquina, en un cuchitril escarbado en un agujero sobre la pared, una viejecilla hacía las veces de estanco y prensa. Tres luckys sueltos, por favor, para el recreo, son seis duros, gracias...

En términos estrictamente económicos es la adolescencia un época particularmente jodida, máxime para un adolescente de pueblo obrero, fumador precoz, bebedor de fin de semana y aficionado a los tebeos. Muchos vicios para 300 pesetas a la semana si las notas acompañaban. Pero, oh, de repente, como maná del cielo, a últimos de mes siempre aparecían 2000 pesetas en mi mano. ¡2000 pesetas! 

    Son para sacarte el bono mensual para el tren, ¿eh? —especificaba nítidamente mi madre. 

    Sí, mama —mentía yo.

Y esas 2000 pesetas para el bono mensual, demasiadas definitivamente para un trozo de cartulina amarilla con tu DNI escrito a boli, se convertían automáticamente en mi paga extra, en mi bolsa de resistencia, en mi fondo de reptiles, en mi salvación. A cambio solo debía ir el resto del mes de colada y santaspascuas. No era difícil. Para esquivar a los picas solo había que fijarse bien en qué vagón estaban antes de montar o a lo sumo hacer algún trasbordo por si le daba por cambiar la dirección. Funcionaba siempre y funcionaba con todos los picas. Con todos menos con uno: el pica de la coleta. Ese cabrón.

El pica de la coleta nos la tenía jurada. El muy capullo hasta se había aprendido nuestras caras y nos perseguía inexorable por los vagones, husmeando como un perro de caza tras el viajero trasgresor, levantando su hocico leporino tras el rastro del adolescente proscrito, cerrando los ojos como si un radar le señalara nuestra posición. Ni siquiera el viejo truco de que un amigo documentado se te anticipara y aparentando torpeza tardara un par de minutos en sacar el billete funcionaba con el pica de la coleta. Tenía mucha escuela, más que todos nosotros juntos. Le despachaba con una palmadita en la espalda y sin picarle el billete iba directo hacia ti. 

    ¿Su billete? —preguntaba por trámite, a sabiendas de que no tenías. 

    Es que verá –decías tú sacando ya la cartera—, mire usted, que he visto venir el tren y por no perderlo lo he cogido corriendo y no me ha dado tiempo de sacar billete.

Con esa excusa eludías la multa pero pagabas el billete como un panchito. 150 pesetas del ala para el buche del pica de la coleta. Y lo peor de él no era su olfato de lebrel, ni su espíritu policiaco, ni tan siquiera las 150 pesetas.... lo peor de todo es que se reía el cabrón. Cuando te pillaba sin billete, al pica de la coleta le daba un gustazo que se le caía la babilla por la comisura de los labios. «Ya te pillé, pajillero», seguro que pensaba para sus adentros, «una cerveza menos que te tomas este fin de semana».

Pero como todo mito humano, el pica de la coleta tenía su Némesis y ésta aparecía en forma del compañero Gustavo, el antipica, la única muesca que nunca pudo dibujar en su cinturón. Gustavo, el impasible. Gustavo, la leyenda. Gustavo, que no se fijaba ni en qué vagón estaba el pica, ni si se dirigía hacia él, ni si ese día había contratado a una empresa de seguridad en plan intimidatorio. La metodología de Gustavo era tan simple como efectiva. Se quedaba sentado, esperando, y si el pica le pedía el billete, le espetaba impertérrito: 

    No tengo billete. Ya me bajo en la siguiente.

Y aunque el pica se desgañitara en pedirle que pagara el billete, aunque dos seguratas como armarios le amenazaran con llevarle a comisaría, aunque todo el vagón mirara el pollo que le estaban montando, él se limitaba a contestar: 

    Tranquilo, tiene usted toda la razón. Ya me bajo en la siguiente.

Su sangre fría era increíble. Permanecía tan tranquilo, se bajaba, esperaba al siguiente tren y repetía el protocolo si le pillaban. Tantas veces como hiciera falta hasta llegar a su destino. No era quizá la forma más rápida de viajar pero sí la más barata. Luego cambiaron los trenes, pusieron esas máquinas aduaneras a la entrada de la estación y el tranquilo valor de Gustavo quedó sepultado por impersonales tecnologías. Odié esas máquinas con todas mis fuerzas. Mis 2000 pesetas mensuales hubieron de ir a su prístino cometido y un pequeño papel con un trozo de banda magnética adherido se llevó todos mis ingresos extras. Para más inri, mis notas fueron de mal en peor. Adiós paga. Del día a la mañana me encontré en la miseria. Y encima los trenes nuevos me revolvían las tripas.

Me sentí tan gilipollas como puede sentirse un quinceañero añorando los tiempos pasados, pero no podía evitarlo. Echaba de menos los bandazos de los trenes viejos, mi bolsillo lleno, fumar en los vagones, jugar al gato y al ratón con el pica. Por echar de menos incluso eché en falta toda la pandilla de yonquis que pululaba por las estaciones de tren. Cuatro veces que me habían intentado atracar en los años pasados y ahora que empezaba a echar cuerpo de hombre desaparecían. Era para cagarse en todo.

Pero los yonquis se volatilizaron y no se les volvió a ver. Después de tantos años convirtiendo la parte baja de Sestao en su feudo, las estaciones de tren en sus señoríos, se fueron sin más. Viajar en tren fue a partir de entonces muy seguro. Muy seguro y muy aburrido. Rememoraba vivencias pasadas y no podía evitar una sonrisilla idiota, como aquella primera vez que me intentaron atracar, entrando a la estación de Barakaldo, cuando mi amigo Igor y yo íbamos al cine a Bilbao y se acercó a nosotros un quinqui de mala muerte, desastrado, sucio y con el mono subido. Creo que tendríamos doce años aproximadamente, quizá trece. Fue todo muy rápido, él nos pidió dinero, nosotros le dijimos que no teníamos y lo siguiente que recuerdo es su mano rebuscando monedas en mi bolsillo izquierdo mientras con la otra mano me agarraba de la pechera. Yo empecé a dar grititos, eh, eh, eh, a la vez que daba pequeños saltos como de conejo, muy valiente mi proceder. Igor por su parte, en cuanto vio el percal escapó raudo hacia el andén y se puso a hacer aspavientos con los brazos, gritando todo lo que podía: 

    ¡AL LADRÓN, AL LADRÓN! ¡EH, AL LADRÓN!

Eso asustó al quinqui, que echó a correr como si llegara tarde a algún sitio. Tanto se asustó que se olvidó de mí, de mi cartera y más importante, de partirme la cara. El corazón me latía a mil revoluciones. Unos segundos después, Igor asomó la cabeza por la puerta de la estación, con los ojos muy abiertos. 

    ¿Se ha ido? —preguntó. 

    Sí –—respondí yo.

Todavía con cara de susto fuimos hacia el andén. Allí solo había una pareja de octogenarios y una chica joven. El chorizo se había asustado por nada. Nos fuimos hacia la parte más alejada del andén y allí esperamos que llegara el tren. Una vez dentro del mismo ya nos fuimos tranquilizando. 

    ¿Al ladrón, al ladrón? —le pregunté a Igor. 

    Yo que sé, tío. He dicho lo primero que se me pasó por la cabeza.

Y ahí nos empezamos a reír como descosidos, congratulándonos de la eficacia de nuestra cobardía. Al ladrón, al ladrón. Pocas veces me he reído tanto. No obstante, después de esta primera experiencia ante un atracador aprendí dos lecciones importantes: una, que un atracador no es un tipo valiente dispuesto a plantar cara ante cualquier imprevisto; y dos, que yo tampoco soy un tipo valiente dispuesto a plantar cara ante cualquier atracador. Empate técnico. En las siguientes experiencias similares que tuve, paradójicamente todas ellas en estaciones de tren o en sus aledaños, me bastó con mostrarme educado, negar rotundamente llevar dinero y esperar a que se aburriera el atracador. Siempre funcionó y nunca cedí un chavo, muchas de ellas porque tampoco lo llevaba encima.

Todo esto, sin embargo, se fue terminando poco a poco. En un goteo incesante me habían birlado todo lo que me gustaba de los trenes. La metodología de viajar gratis, como ya he dicho, se convirtió en una quimera. Los picas perdieron el brillo inquisitorio de su mirada y se me aparecían como seres mustios y grises. Me revolvía incómodo en los nuevos asientos sintéticos buscando una postura cómoda, añorando los antiguos sillones de felpa llenos de mugre y quemazos. Y encima el zumbido sordo y las desaceleraciones repentinas de los trenes nuevos me mareaban. El ambiente obrero, incluso marginal, de las estaciones de cercanías desaparecía y yo no estaba a la altura de los nuevos cambios.

Estos cambios, por desgracia, respondían a un cambio mucho más dramático y global: lo que había sido mi pueblo hasta entonces llegaba a su fin. La industrialización pegaba sus últimos coletazos en la margen izquierda. Si visitarais mi pueblo, todavía hoy le veríais colear un poco, boqueando en busca de aire, sin encontrar un rumbo concreto que le reconduzca. Si visitarais ahora Sestao, veríais que ahora los terrenos donde se asentaban las grandes fábricas son solares baldíos.

De lo que fuera Altos Hornos solo queda un alto horno negro y oxidado en medio de la nada que han dejado a modo de recordatorio fúnebre. La que fuera la empresa más importante de Vizcaya fue extinguiéndose pieza a pieza ante nuestros ojos, cortándola en trocitos lo suficientemente pequeños como para que pudieran viajar a la India. Las pretéritas legiones de trabajadores permutaron en legiones de jubilados o parados, en una extraña suerte de lotería que solo atendía a la edad. Los terrenos donde se asentaban las columnas de hierro, fuego y luces ahora se los reparten constructores de viviendas de lujo como un apetecible pastel. Con los restos que no se quisieron llevar, los menos, levantaron una miniacería, con énfasis en el ‘mini’. Y así murió un poquito la adyacente estación de La Iberia.

La Naval, por su parte, subsiste a duras penas cuando escribo esto. Los empleados que quedan, cada vez menos, cortan cíclicamente carreteras y vías reclamando carga de trabajo, seguramente lo habréis visto en las noticias. Cada vez que se consigue el contrato para algún barco grande que garantice dicha carga de trabajo para un año o dos más se anuncia a todo bombo y platillo, como una noticia inesperada, como una fiesta. Aún colea La Naval, moribunda, nadie sabe hasta cuando. Quizá el día que desaparezca definitivamente levanten algún moderno y reluctante palacio de congresos que lleve su nombre, como ocurrió con Euskalduna. La estación de Urbínaga agoniza viendo agonizar a su astillero siamés.

La Babcock&Wilcox, a su vez, ha pasado por muchas manos durante esta última década, cada una de ellas más corrupta que la anterior. La fábrica donde trabajara mi padre y por ósmosis me alimentara a mí y a mi familia ha cambiado de manos tantas veces que ya nadie sabe a quien pertenece, ni tan siquiera sus dueños. El dinero, ese gran escapista que sabe como nadie marcharse sin dejar rastro, desapareció y nadie lo tiene, por supuesto; tras el maremagno de latrocinio nunca nadie quiere saber nada. La Babcock&Wilcox, la que fuera un referente en la construcción de equipamientos ferroviarios y locomotoras no es ni una sombra de lo que fue y apenas subsiste a base de trabajos de calderería. La estación de Galindo se extingue, apagándose como una vela.

No es un problema de infraestructuras. La gente cada día coge menos el tren de cercanías porque cada vez hay menos destinos a los que ir. Parece como si por las arterias de mi pueblo corriera menos sangre, y la que corre fuera menos roja. Tenemos nuevas infraestructuras, sí, y nuevos parques y nuevos hipermercados y nuevos centros comerciales, todo nuevo. Hasta estación de Metro tenemos en nuestra prosperidad, desde hace apenas un mes, y ya no tenemos que subir más las eternas cuestas de La Iberia, Galindo y Simondrogas. Un Metro reluctante, uno de los más limpios del mundo, el orgullo de Bilbao. Rápido y diáfano, acorde a los tiempos actuales. Al lehendakari se le caía la baba el día de la inauguración.

Tal vez os gustaría mi pueblo hoy. Yo apenas lo reconozco pero tal vez a vosotros os gustaría su recién adquirida funcionalidad. Le han pegado un buen lavado de cara, es la verdad, pero si buscáis aún veréis en las fachadas las manchas de hollín, sedimentadas a lo largo de décadas, jactanciosas ante nuevos planes de regeneración urbana. Aún parece un pueblo obrero Sestao, afortunadamente.
Yo, por mi parte, hace tiempo que no me subo a uno de esos trenes. Los precios desorbitados que en Sestao piden por la más miserable de las infraviviendas me obligaron a emigrar. A lo sumo, alguna noche que he salido de fiesta he cogido uno de esos trenes benefactores que me ha devuelto a casa de mis padres de cuerpo presente, pero no ha sido lo mismo. La empatía que experimentaba con los antiguos trenes ya no la he recuperado.

Por lo que a mi respecta los trenes nuevos no existen. Puedo elegir y elijo recordar los trenes de aquella época, de humanidad desgarrada, de olor a Ducados y a sudor, de puertas correderas y gente viajando gratis, de traqueteos lentos pero firmes. Reservo mi memoria para las estaciones de suelos abigarrados de chicles, de limosneros vestidos de delincuentes, de lluvia que traía ceniza y vigas oxidadas, de excelsas y concisas pintadas a rotulador en las paredes que algún poeta urbano decidiera regalar: «PICA PAREDÓN». Valga al menos este relato para dejar constancia de aquel sentimiento inmarcesible, un relato como todos los demás que me da por escribir, ecléctico y biográfico a partes iguales, sin protagonista ni argumento, sin principio y sin final. Que predominen mis miserias sobre mi imaginación. Que prevalezca la nostalgia sobre las formas.

Porque allá a lo lejos corren mis cercanías y, aún hoy, los trenes nuevos me siguen mareando.

Nada más queda por decir.


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Este relato consiguió el Primer Premio de la Categoría B del Concurso de narraciones "Cuando Yo Era Joven" del Ayuntamiento de Leioa en el año 2005.





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