Nunca he soportado a Juliette Binoche










No puedo evitarlo:
me recuerdas a Juliette Binoche
y yo nunca he soportado a Juliette Binoche.


Te veo a ti en sus películas,
en esa fragilidad estudiadamente fingida,
en su palidez liviana de nieve
y en su desmadejado pelo moreno
columpiándose en tu nuca.
Cuando ella mira a cámara,
retiro la mirada nervioso,
reflejado en tus/sus ojos
rielantes y ausentes,
negros de condescendencia,
crueles a ratos, melancólicos siempre,
a mil kilómetros de distancia
de la posibilidad de rozarte.
Y esos labios suyos, tuyos también,
finos de gasa, de hoja, de papel,
escupiendo reproches, 
arrugándose en un mohín enfadado y victimista
que ahonda tu surco nasogeniano
para señalarme con su nariz puntiaguda
eso de que robar el corazón de alguien
─qué hipocresía─
es el verdadero crimen, Jude Law. 


Y lo peor,
si no contamos esos andares tranquilos
de diosa meándose sobre mortales,
lo más odioso,
lo más insoportable de Juliette Binoche,
es esa risa amplia y franca,
abriendo mucho la boca
a dentelladas,
como tú reías aquel tiempo en que reías.


Nunca he soportado a Juliette Binoche
y tú no dejas de recordarme a Juliette Binoche;
esto es todo lo que tengo que decir
sobre el hecho de estar descargándome
la trilogía de Kieslowski
y la última de Kiarostami.











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