Como piedras





» Como piedras. Cayeron como piedras al mar. «

Tales serían las palabras de Juan Ortega Machín, jefe de los submarinistas que recuperó los cadáveres, luctuosas palabras que recogieron todos los periódicos. Las labores de rescate fueron fáciles porque estaban todos juntos, añadiría también, unos flotando sobre el mar y otros en el fondo.


Así fue y así se escribió. Apareció en todos los periódicos e informativos, quizá lo recuerdes. Diez inmigrantes magrebíes de edades comprendidas entre 16 y 20 años murieron ahogados frente a la costa de Agüimes, en Gran Canaria. Se ahogaron mediando apenas veinte metros a la costa, en una zona de no más de dos metros de profundidad donde se hundieron.


Te suena, ¿verdad? Ahora probablemente estés intentando recordar esa noticia, haciendo memoria, sondeando en tu cabeza, estimando cuánto hace que la leíste, si días, semanas o meses. Es de suponer que no recordarás la fecha exacta —el 8 de septiembre de 2007, por cierto—, al fin y al cabo era una noticia recursiva, de las que aparecen día sí, día también, en todos los periódicos. Como el crucigrama. Como las esquelas. De hecho, ni noticia es ya. Inmigrantes ahogados en el mar. Una ojeada, una interjección de disconformidad —«anda que cómo esta el mundo»— y pasa la página.


Pasa la página, pues, si también estas líneas te incomodan. Pásala y a otra cosa. ¿Pretendías un relato? Pasa la página. ¿Acaso te apetecía leer un cuento? Pasa esta página, y la otra, y la otra. No hay  ficción en este escrito, y no busques tampoco una fábula imaginativa, mágica y moralizadora. Esto es una crónica que aspira a ser un recordatorio; una crónica trasunto de elegía.


Y es que, repito, se ahogaron a apenas veinte metros de la costa. ¡A apenas veinte metros! Parece increíble, ridículo, imposible, una broma macabra… y sin embargo no lo es. Tras recorrer cientos de kilómetros navegando en una pequeña embarcación, soportando los rigores del calor y del frío, anhelando alcanzar tierra, se quedaron a veinte metros de su destino, de sus sueños; veinte metros que son aproximadamente como cuatro coches puestos en fila, menos que la longitud de una cancha de baloncesto; veinte metros que no alcanzan ni a un largo de piscina; veinte metros que para ellos supusieron un mundo.


De tal manera, puede resultar sencillo imaginar el drama. De noche, en oscuridad absoluta, encallan en una roca. Con toda certeza, les parece oír también el leve ruido de las olas rompiendo contra la playa. «Al fin, tierra firme», ponderan con lógica y regocijo, disponiéndose a abandonar la embarcación.


Y la abandonan…


Y no es un suelo de arena lo que les aguarda sino agua, más agua, siempre agua, sorprendentemente agua. Exhaustos, agotados, ciegos en la opacidad de esa noche de cemento, entumecidos por la inactividad de los últimos días, no tienen ninguna oportunidad. De noche hasta el mar ha perdido su azul y se hunden en el negro, dos metros de insondable negro. Se hunden. Su ropa mojada parece pesar más que ellos mismos. Se hunden. Berrean su impotencia a las nubes pidiendo socorro. Se hunden. Su valentía. Su futuro. Sus esperanzas. Se hunden. Sin remisión. Sin elección. Sin ambages. Se hunden. Como piedras…


—Las labores de rescate han resultado fáciles porque estaban todos juntos, unos flotando sobre el mar y otros en el fondo —diría, como ya sabemos, Juan Ortega Machín al día siguiente en todos los periódicos.


También destacarían los periodistas el nulo oleaje de esa noche, la ausencia absoluta de corrientes, la inusitada tranquilidad del mar. La zona de la tragedia era una piscina, compararían. Una piscina en la que morirían diez personas. Diez, un número monosílabo que se dice rápido: diez. Cuesta más, sin embargo, si los imaginamos uno a uno: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve y diez, sabiendo que cada pausa supone una vida. Y más incluso si los imaginamos seres conocidos nuestros, pensad en diez, cualesquiera, al azar.


Sí, duele imaginárselos seres queridos. Sin embargo, no es el caso. Su anonimato nos exonera de ese dolor. Nos quedamos con el número, diez, para evitarnos recabar en las personas. Su única dimensión es numérica, diez, transmutando a las víctimas en un valor estadístico, deshumanizándolas para hacer soportable nuestra parte de culpa. No son personas, sus rostros ahítos de miedo y encogidos de salitre no son sino máscaras clónicas, todas iguales. Convertimos en locura su valentía a la hora de afrontar ese salto a través del mar, como si tuvieran otra opción que la miseria y el hambre, como si fuesen suicidas arrojándose a un abismo sin dudas ni arrepentimientos. Así es más fácil, tal vez.


—Es una lástima que en un sitio así se produzcan tantas muertes —recogerían también los periódicos estas palabras del jefe de los GEAS—, pero después de un viaje como el que hicieron caen en el agua como piedras, sin posibilidad de defensa.


Como piedras, sin posibilidades de defensa. Como bloques de mármol azabache lastrados de cansancio. Como pesos muertos, como seres vivos tornando en guarismos estériles, en grandes titulares en la prensa del día siguiente. Como cargas arrojadas al mar para que éste las engulla. Y sin embargo, qué curioso, más pesadas que esas cargas, más plúmbeas, se me antojan —reconócelo, no recordabas la fecha y habías borrado esta noticia de tu memoria— nuestra dejadez, nuestra indolencia, nuestra desidia. 


Nuestros mirar hacia otros lados, esos sí que pesan. 


Como piedras.



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Este relato obtuvo el 1º premio en el II Certamen de Relatos Solidarios "Osmundo Bilbao Garamendi" convocado por la Asociación Alez Ale de Muskiz en el año 2008.
 
 

1 comentario:

  1. Me acaba de pesar. Tienes razón, yo no recordaba esa fecha, ni la noticia.
    No quiero convertirme en uno de esas numerosas personas que piensan en números y no en personas.
    Gracias por sacudirme la conciencia.

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