Todos trileros







       Mallorca, 14 de Agosto de 2005, 03:00 a.m.
      
Escribo desde el asco…

Bueno no, miento, realmente no escribo cuando pienso esto. Cuando pienso esto sólo pienso. Pienso y me imagino escribiendo sobre mí mismo en este momento. Eso sí. Me imagino escribiendo sobre el insomnio, escribiendo sobre la rabia y el asco que siento desde esta terraza, habitación 710, Hotel Bahía de Palma. También pienso que quizá nunca escriba todo lo que ahora siento, a menudo me pasa que desecho las ideas tan rápido como vinieron el día anterior, pero aún así trato de pensar en la primera frase de un hipotético relato sobre este momento, en una primera frase que transmita desde el principio mis sensaciones del aquí y del ahora. Escribo desde el asco, decido que sea. Ese sería un buen principio: breve, directo, pesimista, apropiado.

Vale, pues ya tengo un principio. Me congratulo. Apoyo los dos pies sobre la barandilla de la terraza y lo celebro balanceándome aburrido sobre la silla de plástico en la que estoy sentado. Me encantaría poner que estoy fumando, escribir alguna chorrada pseudo-poética sobre la blanca neblina del humo atrapándome mientras enciendo nostálgico un cigarro tras otro, pero lo cierto es que soy tan gilipollas que no tengo fuego. Tengo un paquete de Marlboro casi entero y no tengo fuego, esa es la triste realidad. Y son las tres de la madrugada y no le puedo pedir a nadie. Todos están sobando: mi novia, mis futuros cuñados, mis amigos, todos sobando. Todos menos yo. A lo mejor es el jet lag, bromeo conmigo mismo para acallar el mono a nicotina. Sí, Bilbao-Mallorca, un desfase horario de la hostia.

Joder, ni en soledad dejo de pensar bobadas. Define la noche, me increpo. Deja de divagar e intenta hacerles llegar a los inexistentes lectores de tu inexistente escrito esta noche pegajosa de bochorno Mediterráneo, de verano y fiebre oprimiéndote las sienes, de sudor condensándose en la tripa. Diles que observas desde la terraza y sudas, que escuchas los ruidos de la noche y sudas, que intentas oler el mar y sudas. Que sudas por encima de todo. Que sudas y no puedes fumar y no puedes dormir y lo único que puedes hacer sin hacer ruido es pensar, pensar que escribes, hisopado de sudor, desde esta terraza del séptimo piso de un hotel.

Buf, así no te vas a dormir ni a la de mil. Cambia de tercio, escudriña a tu alrededor, entretente con lo que te rodea a ver si te entra sueño. Capullo.

A ver. Miro mi toalla de playa secándose. Dejo de mirarla. No tiene sentido mirar una toalla. Dedico otro segundo a ver las estrellas. Demasiada luz en la calle, aparecen difuminadas. Qué agobio. Este desvelo caníbal e impenitente amenaza con acabar con mis nervios. Entonces me fijo, muy al fondo: un avión despegando, parpadeando en la noche, guiñándome desde la lejanía. Le veo ascender y mi mente empieza a divagar. Me lo imagino lleno de guiris, rubios, de ojos azules, con sus blancas pieles delicadamente enrojecidas por el Sol, presumiendo ante el vecino de sus quemaduras de tercer grado, con sus pollas secas y sus estómagos llenos, satisfechos, cantando todavía:

   Spain is de puta madre. Fiesta.

Sol, bebida y folleteo, la tríada del éxito. Una costa entera levantada para ello. Para ellos. Paseos marítimos enteros abigarrados de chiringuitos vendiendo colchonetas chillonas, de pubs ondeando banderas como embajadas en dura pugna por ofrecer la marmita de sangría más barata, de garitos insalubres anunciando paella en alemán. Eso somos, eso vendemos. 

No os peleéis, que hay para todos. Para ti, para mí, para los trileros. Mira si no, a todos esos extranjeros, qué atentos les observan. Sí, esos, los que escuchan absortos los consejos de los reclamos, cuá cuá. Los que se apelotonan para no perder ojo de esa bolita que se mueve veloz entre los tres cubiletes hechos de patatas huecas.

   Que la bolita se mueve, se mueve la bolita, dónde estará la bolita. ¿Tú dices que aquí, rubia? Veinte euros y te lo enseño. Trae aquí los 20 euros y levantas el cubilete. Oh, no estaba aquí. Qué pena. What a pity. Pero te digo una cosa, guapa, que me has caído bien: otros 20 euros y puedes elegir entre las otras dos que quedan. Así es más fácil, cincuenta por ciento, fifty-fifty. Elige. ¿Derecha o izquierda? ¿Ésta dices? Oh, aquí tampoco está la bolita...

Y ya está hecho. Chim-pún. 40 euros en un minuto. Sobra. Alguien grita «Agua» y desaparecen más rápidos que ninjas blancos. La desconcertada guiri esboza una sonrisa estúpida y mira a sus amigas. What has happened? ¿Qué ha pasado? No ha pasado nada, te dan ganas de decirle. Intercambio de divisas, maja. Sois la principal entrada de financiación del país, baby, y necesitamos de vuestro dinero como el respirar. Nuestra economía depende de vosotros. La nuestra y la de los trileros. Y sabed que quien más y quien menos va a engañaros para sacaros las perras. Eso es lo que hay, no os siente mal. No son más ladrones los trileros por estar ilegalizados.

Observad si no el paisaje, deteneos un momento a mirarlo. ¿Qué veis? Un litoral de cemento e intrincadas colmenas para zánganos, viviendas cutres nunca pensadas para vivir sino para dormir la mona a lo sumo, cárceles huérfanas de urbanista que en lugar de encerrar a los ladrones han hecho ricos a los mismos. Ahí la tenéis: la paradoja del Mediterráneo. Todo, por supuesto, con la aquiescencia de esas “gentes de bien” –nótese el oxímoron entrecomillado- del lumpen a quien le sudan los cojones lo que hagan sus mandamases siempre y cuando les garanticen cierta sensación de bienestar y unas vacaciones asequibles. Luego, un día como cualquier otro, montarán en cólera cuando ya sea tarde para recular, pero qué caray, ¿quién se acuerda para entonces, tantas décadas después, de la prístina imagen del pueblo? ¿Los ancianos? ¿Las postales en blanco y negro? ¿Y en qué medida le puede importar esto al supremo mandamás impulsor de esta fisonomía de ladrillo? Nada, menos aún que nada. Poderoso caballero es, al fin y al cabo.

Me rasco un huevo y me digo que tengo más razón que un santo. Menuda letanía me acabo de soltar aquí sólo en la terraza a las tres de la mañana. En la calle un grupo de alegres bávaros entona a gritos algo parecido a una canción. Me asomo para verles mejor. Abren mucho la boca, será para cantar peor. Son clónicos, todos ellos, en su comportamiento, en su vestir como payasos, en su hacer el tonto como si no hubiera mejor alternativa. Las ovejas Dolly del turismo, pastando como ovejas el forraje que se ha montado para ellos. Se alejan cantando, seguramente hacia alguna discoteca de moda. Ya me los imagino mañana, levantándose resacosos con el Sol del mediodía, corriendo a la playa a torrarse, pezones al aire, vuelta y vuelta. Lo dicho, clónicos. Que les den por culo.

Regreso a mi silla de plástico en mi terraza de hotel. Acaba de despegar otro avión del mismo sitio que el otro. Con una cadencia cíclica compruebo que sale un avión cada dos minutos, sin pausa, sin tregua. Alucinante. Vuelvo a pensar en jubilosos rubios, socarrados, borrachos, con todas las cajas de condones que trajeron vacías, pero me canso pronto.        
Bostezo. Bien, a ver si pillo el sueño de una puta vez. Me miro las manos a ver si me queda alguna uña que morder. No hay suerte, me las he mordido ya todas.

A ver qué hago ahora, pondero. Decido juguetear con mi nueva pulsera blanca para entretenerme. Es esa pulsera que me han prohibido quitar durante siete días, la que perenne en mi muñeca me ha de señalar como cliente de «Todo incluido». Todo incluido. Eso supone pensión completa y todos los cubatas en el bar del Hotel que te puedas tomar. De garrafón, por supuesto, segundas marcas que le llaman ahora. Agita la pulserita de marras y podrás beber todo el garrafón que quieras, con la única barrera que tu cuerpo te imponga, con el único límite que tu sentido común te dicte al oído.

Claro que no falta a quien su cuerpo no le impone ninguna barrera y cuyo sentido común nació mudo. Reconocer al tipo medio es bastante fácil: incipiente calvo, de barriga prominente y sonrisa beoda, pelo en la espalda opcional, que repasa por enésima vez el Marca en la tumbona de la piscina del Hotel que ha apadrinado como propiedad particular (las tumbonas son así, tras siete días varado en la misma terminas cogiéndolas cariño). A su lado, indefectiblemente, su mujer, pelirroja teñida, en otra tumbona, silenciosa, con la mirada perdida en la piscina donde chapotean los niños, con la única permutación de recibir un azote cada media hora acompañado de la misma cantinela.

   Anda, cari, acércate a traerme otro Gin-Tonic.

Gin-Tonic hasta para desayunar. Ale ahí. Quince hoy, mañana veinte, campeón más que campeón. Pulveriza todas tus marcas ahora que te subvencionan el alcoholismo. A por el récord del mundo, SuperRodríguez de piscina, producto nacional. Como el toro de Osborne, como las películas de Paco Martínez Soria. Del bar a la tumbona, de la tumbona al bar. Al bufé libre si pilla de paso.

Qué gruñón soy, me reprocho en el retiro de mi terraza. Parezco un viejo, quejándome de todo. Pues que se preparen para el bufé libre mis imaginarios lectores. Si he llegado hasta aquí con estas mis divagaciones, al bufé libre le voy a dedicar una página entera. Se lo merece. Y eso que me faltan apelativos en el diccionario para explicar el asco que me da. El teatro de la gula o el festival de la vergüenza se aproximarían bastante a la idea que tengo de él. Gula bien compartida, vergüenza repartida a partes iguales entre guiris y españoles. Manadas de hambrientos autóctonos y foráneos frenéticos por ser los primeros en servirse un escalopín.

Porque en un bufé libre del Mediterráneo solo hay dos tipos de comensales: los malos y los peores. Los malos son los que tras echarse de todo en el plato, dos, tres, cuatro mil veces, en cantidad, hasta que la montaña de comida rebose o no puedan con el peso, lo que antes ocurra, corren raudos a dejarlo en su mesa e inmediatamente regresan a por otro más que llenar con la misma profusión -¿por si acaso se acaba?- para terminar comiéndose dos empanadillas y un yogur natural. Todo a la basura, que se acabó la miseria. Y aunque estos adalides de la avidez, paladines del comer con los ojos, prez de la náusea y el desperdicio, parezcan insuperables en su famélico proceder, el avezado observador comprobará que en un bufé libre los hay aún peores. Más dantescos. Porque aparte de éstos también están los que se echan la misma ingente cantidad de comida, los mismos cientos de kilos de alimentos aleatoriamente desordenados, pero encima se lo comen todo. Como osos, haciendo acopio para el invierno. Ñam ñam. Trizando, devorando, tragando, engullendo, que va todo incluido. Sin fondo. Total, por el mismo precio...

Me rasco el otro huevo. Por debajo de los gayumbos. Me siento inspirado. Lleno de mala hostia por no poder dormir, pero inspirado. La rabia nimba de claridad mis percepciones. Me pregunto otra vez que si lo que hoy, aquí y ahora, pienso lo escribiré algún día o si llego a escribirlo alguien lo publicaría. Seguramente no. Me dirían:

   Es que es la tuya una visión muy pesimista que no refleja completamente todo el crisol de matices del Mediterráneo. Demasiado amargada. Además no es un relato per se, son pensamientos hilvanados, rescoldos de lenguaje, que no cuentan una historia.

Y tenéis razón, les diría yo, esto no es un relato. Esto es un desahogo restallando en vuestros oídos que no cuenta una sino mil historias, las de toda la gente que se come las pelotas cuando ve la aberración en que los intereses empresariales turísticos han convertido las costas. Porque repito: somos playa, alcohol y sexo, esa es la verdad primera. Absoluta. Axiomática. Per saecula saeculorum, amén. Una verdad que quizá no os interese pero que está ahí. Aunque prefiráis buscar excusas fáciles y mirar hacia otros lados. Aunque seáis como los políticos que se flagelan por el descenso del turismo foráneo y nos regalan con esas sentencias impagables:

   Para consolidar nuestra posición como referente turístico internacional tenemos que diversificar y ampliar la oferta cultural.

Oferta cultural y un cojón. Nunca nos hemos quitado el estigma de la España de charanga y pandereta. La pátina mezquina y grasienta heredada de esa clase política tan inculta como codiciosa la llevamos pegada en la piel como una enfermedad cutánea. Que levante la mano el iluso que piense que los guiris desean descubrir las Edades del Hombre. O a Goya. O a Cervantes. Los guiris quieren regresar a su país de Guirilandia bien morenos, bien bebidos y bien follados. Y punto.

Y si a alguien le entra la gusa intelectual y decide ahondar un rato en la oferta cultural de la zona, entonces es aún peor, porque es cuando entran en escena esas archifabulosas excursiones en autobús específicamente diseñadas para suplir estas carencias afectivo-emocionales. Sabéis qué excursiones os digo, ¿no? Esas programadas que te montan en un barquito en el que ver todo el litoral y en el que degustar la riquísima paella de marisco que la propia tripulación ha preparado con mimo y con esmero; luego lo de siempre: paella dentro, paella fuera, que hoy hay mar gruesa. Sí, sé que sabéis de qué excursiones hablo. Esas excursiones en las que te visten de vaquero americano y te llevan a un tablado flamenco a ver bailar sevillanas y cantar por bulerías aunque estés en La Coruña; ole, ole y ole, que todos somos andaluces. O también esas en que te llevan de monumento en monumento, a matacaballo, ver - lo justo para sacar rapidito esa foto que enseñar a tus amigos- y montar, con destino obligado final en alguna tienda de marroquinería, perlas, madera, licores, cristales, turrones, souvenires zarrios o cualquier cosa susceptible de ser consumida previo pago de unos buenos euretes. Esto se llama botijo. Deletrea: bo-ti-jo. Alfarería very very tyipical spanish. Treinta euros. Gracias.

Eso es typical spanish, depender del turismo cada vez más. Eso y no otra cosa. Los campos se quedan despoblados al mismo tiempo que las grandes fábricas huyen a países balcánicos y orientales en busca de mano de obra más barata –«deslocalización» que han decidido llamar al proceso, tan comúnmente triste y generalizadamente ruin que hasta han tenido que acuñar una palabra para definirlo-. Adiós, sector primario y secundario. Hola, sector terciario. «HOLA, TURISTAS», como reza el eslogan que nos saluda desde una gran pancarta en una autovía mallorquina. Hola, que aquí estamos para daros servicio y atenderos en vuestro ocio. Todos dispuestos para sacaros las perras. Todos trileros.

Bah, desisto, no puedo dormir y me he enfrascado en una comida de tarro que no lleva a ninguna parte. Me vuelvo a la habitación que al menos tiene aire acondicionado. Si al menos tuviera fuego, me lamento por enésima vez. Mi novia respira fuerte, profundamente dormida, y ni se inmuta cuando me echo en la cama.

Me echo las sábanas encima. Al de un minuto me las quito. Doy vueltas en la cama. Me cago en todo lo que se menea. Sigo sin poder dormir. Se me ocurre que si algún día me pongo a escribir sobre todo lo que me ha pasado por la cabeza esta noche de insomnio tendría para varios folios. O por lo menos tendría para un relato inclasificable, ecléctico, mordaz, crítico, redentor. Quizá lo haga finalmente, me digo. Hazlo la semana que viene, me motivo. Enfoca todo tu desprecio y tu ira hacia la escritura. Si incluso tenías pensada ya hasta la primera frase. Sí, joder, ¿cómo era? ¿Cómo habías dicho que lo comenzarías? Ah, sí, ya recuerdo:

Escribo desde el asco... 





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Este relato-expurgo fue publicado en la "II Antología El Desván de las Palabras" publicada por Ediciones Evohé. 


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