Anteo y la playa de los cobardes (fragmento)









(…)
La ignorancia es un don que no se me ha concedido, temblequeo contrito en un rincón. Oh, padre Poseidón, ¿pudiera ser esto que siento el miedo? Hoy Tingis está oscura, cubierta por la oscura calígine de mi temor. Los edificios de mi capital proyectan alargadas sombras sobre las calles, cubriéndolo todo de una pátina gris. Hasta el mar, turbio de presagios, parece ulular en duelo por mí. Oh, padre, cuánto desconsuelo hay en reconocerse mortal.
¡Cómo explicar la desazón que me nubla! No veo ni oigo hoy. Y eso que a priori sólo iba a ser un entretenimiento… Un entretenimiento, ¡ja! Maldigo el momento en que en mi insondable soberbia hice llamar a Teógenes de Tasos, el luchador. ¿Por qué lo hice?, me interrogo ahora. ¿Para ofrecer un digno espectáculo a mis siervos o para demostrarles lo poco que valía el mejor de los luchadores humanos ante su Rey? Ay, cuán poco vale el sufrimiento, la violencia, la vida, cuando anteponemos a todo ello nuestro orgullo…
Porque ahí estábamos esta tarde. Teógenes de Tasos, el más famoso de los pugilistas, y yo. Atados con correas a unas piedras planas, frente a frente, nuestras narices tan cerca que se calentaban con el aliento del contrario. A la espera de oír la señal que diera inicio al combate, a la espera de golpearnos el uno al otro con nuestros puños apenas envueltos en correas de cuero. A golpearnos a muerte. A golpearnos sin descanso, hasta que uno de los dos dejara de respirar. Cuatrocientas veinticinco veces se rumoreaba que habían atado a Teógenes de Tasos a esas piedras y cuatrocientas veinticinco veces habría salido victorioso; cuatrocientos veinticinco hombres sus víctimas desatadas yertas, mortalmente inertes, tras encontrarse con sus puños. Oh, cuán legendario era el contrincante que tenía delante hoy. Oh, el pugilismo, cuán formidables productos humanos era capaz de producir.
Recuerdo ahora cómo me escrutaba antes del combate: sin odio, ni rencor, ni siquiera arrogancia. Tranquilo como una estatua. Su mirada era incluso indulgente, las cejas algo caídas, tristes. Alrededor de las bolsas de sus ojos se arremolinaba tejido cicatrizado, irregular, de aspecto coriáceo, sus labios oblicuos y entreabiertos pareciendo a punto de decir algo, como si me estuvieran pidiendo perdón por lo ineludible de mi muerte, tan inminente como absurda. Su cuello, grueso y fuerte, se sostenía sobre dos hombros enormes que concluían en dos brazos firmes y extensos. Y sus abdominales, como si de un adoquinado se tratara, se me aparecían con la misma solidez que sus piernas, tan recias que parecían estar fijadas al suelo. Resultaba evidente que estaba tan convencido de lo inevitable de su victoria como lo estaba yo: él confiando en los cuatrocientos veinticinco hombres que habían caído ante él; yo, en el nexo con mi madre Gea, en la inagotable fuente de fuerza que, a través de ella, me hacía invencible.
En esos pensamientos me encontraba, susurrando en voz baja una oración por la gracia de mi protectora, cuando sonó el gong que daba inicio al combate. Teógenes se abalanzó entonces sobre mí con la vehemencia que emplearía con su más acérrimo enemigo, descargando sus puñetazos con la velocidad de un diluvio que me estuviera cayendo encima, cada gota una roca impactando contra mi rostro, destrozándome la cara. A punto estuve de perder la conciencia en ese primer envite de mi contrincante. Incapaz de responder a su ataque, a duras penas intentaba resguardarme de sus golpes con los brazos, ya que él golpeaba bajo cualquier sucinto resquicio de piel que dejara al descubierto. ¡Realmente era un pugilista extraordinario Teógenes! ¡Extraordinario! Ningún mortal tendría ni una sola oportunidad ante la fortaleza y velocidad de esos brazos que me estaban haciendo pedazos. Pero ningún mortal contaba con el don de una diosa insuflándole bríos, incansable sanadora.
Desconozco si transcurrieron horas o minutos en ese primer instante del combate. El tiempo carece de valor cuando una fuerza de la naturaleza pugna por destruirte. Apenas sí escuchaba los gritos de mis súbditos de Tingis, enfebrecidos, jaleándome, increpándome a reponerme. Pero Teógenes golpeaba y golpeaba, golpeaba y golpeaba, sin perder ni un ápice de fuerza. ¿Durante cuánto tiempo? Ya os digo que lo desconozco. Mi rostro era una masa informe envilecida de sangre, huesos rotos y músculos sesgados que no estaba por la labor de llevar cuentas de tiempo. De tal forma, podemos concluir que Teógenes me golpeó cuanto quiso. Y cuanto quiso fue mucho. Lo sé porque cuando se detuvo, extrañado sin duda, densas gotas de sudor ambarino le caían de la frente como miel. Parecía cansado, sí, pero aún parecía más sorprendido. ¿Cómo es posible que sigas vivo?, me inquiría con su mirada torva. ¿Cómo es posible que aún te mantengas de pie? Yo entonces le sonreí, enseñándole mis incisivos sanguinolentos y sin esperar nada más comencé a descargar mis puños contra él. Probablemente ayudado por el factor sorpresa, impacté un buen par de golpes contra su rostro al principio. Sin embargo, Teógenes rápidamente se repuso y comenzó a parar y a esquivar mis golpes, e incluso a contestarlos. En la violencia de los minutos siguientes se confundieron nuestras sangres, nuestros huesos, nuestros dientes, nuestras almas. Era una lucha entre dos titanes y como tales supimos golpearnos. Hasta que, exhaustos, sedientos, paramos un instante para contemplar los mutuos estragos causados.
Ante mí, Teógenes tenía el ojo izquierdo completamente cerrado por un puñetazo certero que le había asestado y sangraba profusamente por debajo de una oreja. También tenía el rostro hinchado, ennegrecido por las moraduras. Me fijé entonces en sus manos, las cuales sangraban por los intersticios de los dedos, las correas de cuero atenazándole y cortando unos músculos anormalmente henchidos por el castigo físico a que habían sido sometidos. Sin embargo, inopinadamente, Teógenes me sonreía infantilmente. ¿Por qué? Con toda certeza, qué ironía, porque mi aspecto físico debía ser mucho peor que el suyo.
Fue entonces, sí, debió ser en ese mismo instante, cuando debió advertir los cambios en mí: mis tejidos reparándose, mis heridas cerrándose, los coágulos bajo la piel desinflándose, ya que el rostro de Teógenes tornó en indignación. El don de Gea me reparaba nuevamente a mí, su hijo predilecto, remontando por mis piernas, la salvadora fortaleza fluyendo hacia mi cabeza como la savia asciende por una enredadera.
—¡Arrrrgh, maldito! —chilló, apretando iracundo los dientes. Y entonces lo imposible tuvo lugar: echando el cuerpo hacia delante me atenazó con sus dos piernas y me elevó del suelo.
Mi conexión con Gea se interrumpió abruptamente. Obviando las elementales reglas del pugilismo, Teógenes me tenía ahora entre sus piernas a un par de palmos del suelo, su espalda fuertemente apoyada contra la piedra para sostener mi peso. ¿Cómo podía haberlo sabido? ¿Acaso pudo sospechar de dónde emanaba mi fuerza? Lo ignoraba, pero mi sanación se había visto interrumpida por ese loco que otra vez me golpeaba con fuerzas renovadas. Tenía las dos manos rotas de tanto golpearme, probablemente ambas muñecas también, pero no por eso flojeaba en su brío. Y yo, despojado de mi ventaja natural, acusaba sus golpeas como si fuera un vulgar mortal. ¡Como si fuera un vulgar mortal!
Oh, el terror en ese instante. Un pavor infinito y gutural, incapaz de domeñar, me invadió por completo. Iba a morir, iba a morir, iba a morir…. tatareaba en mi cabeza. Mil y un pensamientos se agolpaban en mi mente sin ilación, no obstante una cosa tenía clara: iba a convertirme en la víctima cuatrocientas veintiséis de Téogenes de Tasos. De ese miedo indomable, desconocido por mí hasta instante, no obstante, emergió en mí la fuerza de la desesperación y me puse a golpear yo también a mi rival. Mi posición predominante me ayudaba a impactar golpes contra su rostro, congestionado por el esfuerzo de tener que estar soportando mi peso al alza. Comprobé que cada golpe rebotaba multiplicado en su cabeza al impactar contra la piedra tras de sí. Su nuca debía estar sufriendo de lo lindo, me animé a mí mismo, y seguí golpeando, golpeando, golpeando, golpeando. Estaba fuera de mí. Creo que aún seguí varios minutos golpeando al cadáver inane de quien fuera Teógenes de Tasos después de que éste exhalara su último aliento sobre el palenque.
Cuando recobré el control de mis actos, el pueblo de Tingis me jaleaba. Su rey, Anteo, había derrotado al luchador más grande que jamás hubiera existido. ¡Y en qué pelea! Los poetas cantarían sobre la misma durante generaciones.
Sin embargo, yo lo sé, no hubo victoria alguna esta tarde que nos ha dejado. Oh, padre Poseidón, mi cacareada invencibilidad nada vale ya. Sé cómo funcionan estas historias, cinceladas en el hilo de granito de las Parcas. Lo mismo que este rival supo encontrar mi punto débil —mi conexión con mi madre Gea—, en algún momento otro podrá hallarlo. Esto sólo ha sido un aviso, sí, pero qué aviso; más sólido que cualquier estúpido oráculo.
Probablemente, padre Poseidón, el hombre que esté destinado a darme muerte ya haya nacido, quizá incluso se encuentre en camino. Tendrá el aspecto de uno cualquiera pero yo sabré que es él y que va a matarme. Es dramático, en mi miedo casi escucho sus pasos acercándose…
(…)



_____________________________

Este fragmento pertenece a un relato que quedó en 5º lugar dentro del IV Certamen de Poesía y Relato Mitológico "La Revelación" en el año 2010 y está publicado en el libro "El camino de los mitos IV". 







No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada