De cuando el Yeti bajó de su montaña







La mañana de ese miércoles había empezado con normalidad. Nunca pasa nada importante los miércoles. Los fines de semana equidistan de los mismos y eso se nota en los estados de ánimo de la gente, acentuando la mediocridad, enfatizando la rutina: un par de depilaciones de piernas estándar; un culturista hipervitaminado y supermineralizado que se había hecho el pecho y había terminado con los pezones garrapiñados, de una preciosa tonalidad púrpura; unas ingles brasileñas de frente, alzado y perspectiva caballera a una rubia de bote; otra peladura de kiwi integral; lo típico. Una mañana de miércoles ufana y normal en una clínica de depilación, vaya.

Sin embargo, alguien entró por la puerta y el mundo se salió de sus goznes.
 

—¿Sí? —dije sin mirar.
 

—A los buenos días —una voz como un eructo retumbó en la habitación—. ¿Es aquí a clínica de depilación?
 

Entonces levanté la vista y ahí estaba: El Yeti. El Yeti que había bajado de las montañas. El mismísimo Abominable Hombre de las Nieves, versión hembruna, todo pelo, carne y sarro.
 

—¿Qué desea? —pregunté angustiada a sabiendas de la respuesta, tañendo para mis adentros, como una letanía muda: «que sea una comercial, que sea una comercial…».
 

—Venía… —su voz atabacada de dos paquetes de Ducados al día atronó de nuevo—, venía a depilarme. Mire —y me extendió uno de esos tickets regalo que de un tiempo a esta parte se venían vendiendo a maridos con ganas de sorprender a sus esposas.
 

Tomé el ticket que se me ofrecía y mis peores expectativas se hicieron realidad. Era el más caro que vendíamos, un ticket nominal que incluía un servicio completo. El Rey Ticket del Mundo Ticket. Mierda, mierda, mierda, repiqueteando incesantemente en mi cabeza. Mierda.
 

—Es aquí, ¿no? —volvió a la carga el Yeti, el suelo temblando a cada vocablo que salía de la grotesca oquedad de su boca.
 

—Sí, sí —balbucí yo, buscando una salida-. Estooo… métase en esa habitación, desnúdese… ahora entraré yo.

La mujer, el Yeti, obedeció y se metió en la habitación dócilmente. Mientras, yo intentaba respirar. Me faltaba el aire. Intentaba cuantificar el volumen de pelo con el que tendría que bregar y me agotaba de pensarlo. Probablemente habría visto hombres con menos pelo que el que esa mujer escondía bajo su ropa. ¡Qué caray, probablemente hasta mi husky tenía menos pelo que el que esa mujer escondía bajo su ropa! ¿Qué podía hacer, entonces? ¿Despedirme? No, necesitaba hasta el último céntimo que ganaba. ¿Coger la baja? Ídem. ¿Suicidarme poéticamente a lo Sylvia Plath? Me faltaba lirismo.
 

Así las cosas, todas mis opciones convergían hacia un mismo punto. Debía adentrarme en la habitación donde esa mujer, el maldito Yeti, aguardaba y afrontar mi suerte. Sin autocompadecerme, con el estoicismo de un héroe griego. Perseo adentrándose en la guarida de la Gorgona, claro que sí. Venga, me infundía bríos. Con un par.
 

—Buenas —barritó el Yeti al verme, el tono grave de su voz levantándome cuatro empastes a la sazón—. Ya me he desnudado como me ordenó.
 

Y ahí me costó reprimir un grito. En un primer momento pensé en hipertricosis, exceso desmesurado de vello y enfermedad de la que provenía el mito del hombre lobo, mas pronto ponderé que no podía ser ya que a Doña Licántropo —o “la loba”, sin eufemismos—, no le crecía uniformemente por todo el cuerpo. No, qué va, eso no era una enfermedad. Eso era una desidia absoluta y perfecta. Eso era la pátina indeleble de no haber conocido nunca cera, pinzas o Epilady —ni jabón, añado, porque desprendía un olor a choto que mataba—. Eso era la España profunda y no Puerto Hurraco. Por toda la superficie de su cuerpo se arremolinaban enjambres de pelo dibujando volutas y otras antojadizas formas como en un tapiz tejido por un loco. Al Yeti le salían largos pelos de la papada, de los sobacos, del ombligo. Le crecían pelos en los propios pelos. ¿Y la zona púbica, esa gran negrura demediada? Aquello era un nido de golondrinas; qué digo de golondrinas, de águilas; qué digo de águilas, de pterodáctilos.
 

¿Por dónde empezar en semejante espesura?, me mortificaba yo. ¿Cómo desbrozar la Selva Negra?
 

—¿Depilar o deforestar? —opté por la salida jocosa, haciéndome a la par un poco la valiente.
 

—¿Mande? —inquirió el Yeti, su mente montaraz incapaz de aprehender el sarcasmo.
 

—Que le estaba preguntando a la señora —retomé mi tono más profesional— sobre el tipo de depilación en que había pensado usted.
 

El Yeti juntó entonces los ojos en un rictus estrábico que al principio interpreté como si le hubiese advenido algún retortijón, no obstante luego me apercibí que no, ¡que es que estaba pensando la tipa!, y semejante acción, por el desuso, le estaba costando un esfuerzo ímprobo. Tras unos interminables segundos, segundos con la envergadura de horas, la tensión fue abandonando su semblante y la mansa indolencia de un ficus volvió a su inundar su rostro para concluir con “la mejor de sus sonrisas” (nótese el oxímoron entrecomillado):
 

—Ya sé —remudió bovina—. Me quiero hacer la depilación láser.
 

Casi me caigo de espaldas ahí mismo. La depilación láser. Eso quería el Yeti y no otra cosa. La depilación láser, pelo a pelo, folículo a folículo, forúnculo a forúnculo tal vez. Hala, a lo loco. Y una pica en Flandes, ¿por qué no? Ya total. Depilación láser, decía. ¿Pero por quién me tomaba, por Darth Vader? Me visualizaba perfectamente a mí misma en tercera persona: «Yo soy tu padre, Yeti», emprendiéndola a mandobles con mi espada de luz en su zona pudibunda…
 

Uf, desbarraba. A ver, a ver, tranquilízate, me compelí; es el Yeti pero es una clienta, esfuérzate en mantener la compostura. Así, así, respira tranquila y explícaselo.
 

—Verá —engolé la voz en una perfecta y mil veces ensayada pose de afectación—, por mis años de experiencia le aconsejo otro tipo de tratamiento depilatorio ya que este se suele venir utilizando para casos más normales, que bueno, no digo con esto que usted no sea normal, válgame Dios, pero a lo que iba, que en su caso considero…
 

—HE-DI-CHO –me interrumpió el Yeti amenazándome con su mirada simiesca, apuntalando cada sílaba con su voz gutural—, QUE-QUIE-RO-LA-DE-PI-LA-CIÓN-LÁ-SER.
 

Y ahí sí, me jiñé. Un miedo absoluto y primigenio, desconocido por mí hasta ese entonces, me inundó las entrañas. Me daban ganas de llorar y postrarme de rodillas, de jurarle pleitesía eterna y prometerle cualquier cosa con tal de que me dejara vivir y no me comiera ahí mismo, por favor, Yeti, no me comas, no me comas, no me comas. ¿Depilación láser quería? Pues eso tendría la señora. Susórdenes, mi sargento.
 

De tal forma, sans cérémonie, cogí de la mesa las tijeras más grandes que encontré, unas tijeras de depilación versión podadora, y me dispuse a trasquilar al Yeti. Ris ras, ris ras, ris ras. Toma pogromo capilar, toma. Ris ras, ris ras. Grandes vellones de hirsuto pelo oscuro flotando por la habitación, asemejando agujeros negros que podían tragarse el Universo entero. Ris ras. Las tijeras chirriando por el trajín de tener que batallar con unos pelos con la estructura y consistencia de unos alambres de espino que ya hubiera querido para sí el Kaiser en el Somme. Ris ras. Conmigo sudando como un Seleccionador Nacional, densas gotas de sudor colgándome de la nariz como calamocos. Ris ras.
 

Tras media hora de agotador trabajo sin detenerme ni un segundo, con los brazos túmidos y el alma dolorida, me enjugué el sudor de la frente y contemplé mi obra. Ahí estaba, ya casi lo había logrado: ¡había terminado con el primer sobaco!
 

Desmoronada del todo, consumada mi zozobra moral, me di cuenta de la dimensión del drama, directamente proporcional a la dimensión del Yeti. Por los quintales de su cuerpo seguían retorciéndose madejas de pelo como bolas del desierto. Y eso sin contar los pliegues de su cuerpo que hojaldrándose invisibles pliegue sobre pliegue se me antojaban de número infinito. Como si su cuerpo se tratara de una muñeca rusa, temía que bajo esos pelos, bajo semejante calígine, se escondiera más pelo y bajo el mismo más pelo y así per saecula saeculorum en un perpetuo bucle de pelo y más pelo. Comprobar cuán pueril había sido mi esfuerzo era descorazonador.
 

Tenía que hallar una solución, una cualquiera, ¿pero cuál? Señor, Señor, Señor, rezaba, ilumíname con tu sabiduría, mándame una señal. Mándame dos mil litros de napalm, Señor, que arrojar sobre esta masa informe de carne. Esa sería buena. Soltarle «Charlie don´t surf, Yeti» y endiñarle napalm. Rabia de envidia, Robert Duvall.  Ah, Señor, ¿qué puedo hacer?
Y entonces la inspiración me vino. Como un estornudo, como un orgasmo. La tenía frente a mis narices y no la había visto. Reinventaría la depilación eléctrica.
 

—¿Qué te crees que estás haciendo? —roznó el Yeti—. ¿Por qué has parado?
 

—Es porque ya he terminado con la primera fase de la depilación —expliqué—. Ahora viene la segunda. Le pido por favor que se esté muy quieta. Estamos ante un momento importantísimo. Crucial.
 

Esa explicación tranquilizó lo suficiente al monstruo sedeño como para dejarme obrar. De tal manera, quité la toma de corriente general de la luz y me dirigí hacia la pared donde arranqué de cuajo el aparato de depilación láser. El cordón principal chasqueó al romperse dejando a la vista un racimo de cables de colores: amarillo, rojo y gris. Más por intuición que por verdaderos conocimientos eléctricos enrollé el cable amarillo en el dedo gordo de su pie izquierdo, bajo una uña negra como una caterva de mejillones cebra, y le pedí al Yeti que sujetara el rojo con la mano derecha. El cable gris, a falta de algo mejor que hacer con él, se lo colgué de una oreja. La toma de tierra, por si acaso.
 

—Ahora no se mueva, por favor —le pedí por última vez al pantagruélico festín de piojos—. Pase lo que pase, estese quieta.
 

Y en ese momento volví a levantar el interruptor general de la luz… ¡y eureka! El cuerpo del Yeti comenzó a convulsionarse al albur de la descarga, si bien poco a poco le empezaron a relampaguear los ojos —literalmente, salían rayos de los mismos— a la vez que adquiría una luminiscencia propia. Era precioso. Como un Gusiluz gigante, resplandecía intermitentemente con la alegría de unas luces de puticlub. Ahora Yeti On, ahora Yeti Off. La mascletá iridiscente aún duró su buen cuarto de hora hasta que el sistema se cortocircuitó y el Yeti se apagó como un candil.
 

Entonces contemplé mi opera magna y me congratulé. El suelo aparecía enmoquetado por el otrora indomable pelo del Yeti, cubriéndome hasta las rodillas. Además, gracias a la electrocución también había eliminado, al menos, las dos capas superficiales de su piel. Toma ya, depilación y peeling por el mismo precio.  ¿Y el Yeti qué pensaba de todo esto? Pues poca cosa, yaciendo tranquila como yacía en un feliz estado de semi-inconsciencia, durmiendo el sueño de los justos (de sesera, se entiende). Completamente yerma de pelo, sin cejas siquiera y con la piel correosa como una salchicha del Ikea, parecía un abducido, sensación acentuada por el hecho de que sus ojos aún rielaban con cierta fosforescencia. Si en ese momento la ve Iker Jiménez se la lleva tal cual.
 

Pisando sobre la frazada de su pelo muerto logré alcanzar la posición del Yeti y bien que mal le ayudé a vestirse con sus ropajes finiseculares, outlet del Paleolítico Superior, y luego, sin más, la eché de la clínica con cajas destempladas, observando cómo se alejaba con paso bamboleante de regreso a su hábitat natural, a su biotopo de Yetis.
 

Ah, por fin sola, agradecí. Qué gran victoria. Había prevalecido donde cualquier otro hubiera fracasado, me sentía eufórica. Regresé a la clínica y, al verme reflejada en un espejo, unas palabras de Nietzsche asaetearon mi cabeza: «No luches contra monstruos, conviértete en monstruo», rezaban.
 

—Amén, Nietzsche —hice un brindis aquiescente por el filósofo alemán.
 

Lo que restaba de miércoles tan solo amenazaba aburrimiento y más rutina. A mis espaldas, la ciudad se arrebolaba en tonos anaranjados; enfrente, mi propio reflejo me sonreía.
 

Nietzsche tenía razón: por haber, había monstruos hasta en los espejos.













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Este relato fue escrito para un concurso de "relatos divertidos" con el tema obligado de la depilación. No ganó. Ganó este otro...

http://www.corporacioncapilar.es/concursorelatos/depilacion-divertidos/307/el-bigote-de-teresa.html



1 comentario:

  1. Pues a mí me gusta más el tuyo. Bastante. Y más 'desagradable'.

    Será por eso que has puesto enlace el otro.

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