En la tierra de los bebés no nacidos


Porque un lugar que se sueña
es un lugar que en alguna parte existe.







«
-¿Me dirás una cosa?
-Quizás.
-Cuando sueño, a veces recuerdo cómo volar. Sólo levantas una pierna, luego levantas la otra, y no te sostienes sobre nada, y puedes volar. Y luego cuando me despierto ya no recuerdo cómo hacerlo.
-¿Y?
-Lo que quiero saber es, ¿cuando duermo, recuerdo de verdad cómo volar? ¿Y me olvido cuando despierto? ¿O solo sueño que puedo volar?
-Cuando sueñas, a veces recuerdas. Cuando despiertas, siempre olvidas.
-Pero no es justo…
-No.

Neil Gaiman, en “The Sandman, nº 43” (Septiembre 1992)»
 






















Estuve allí y les vi, os prometo que no fue solo un sueño...
Les vi tan claramente como os veo ahora a vosotras, tan auténticos que hasta les podía tocar. Sí, ya, sé lo que diréis, que a veces los sueños pueden ser muy reales, pero no es uno de esos casos, de verdad. Tan cierto como que respiro que en uno de los rincones más profundos del Mundo de los Sueños les vi con toda claridad, a todos ellos, a todos los bebés, a tantos y tantos bebés... Pero perdonad, que me estoy aturullando en mis recuerdos. Dejadme empezar por el principio que os explicaré cómo llegué hasta allí. No me ignoréis, por favor.
Todo comenzó por la noche, en mi cama, soñando intranquila entre un amasijo de sábanas pegajosas. ¿Sabéis el típico sueño en el que parece que caéis indefensas al abismo y despertáis sudorosas y asustadas? Pues yo aquella noche caí hasta lo insondable, pero no desperté. Sabía que estaba soñando, lo sabía perfectamente, pero no podía despertar. Estuve cayendo tanto tiempo que parecía que volara, tan profundo que hubiera llegado al mismo núcleo de La Tierra. Más que un sueño lo de aquella noche fue una pesadilla, de las peores, de las que desechan todo halo ficticio y te aterrorizan con una autenticidad tangible, más que real. Afortunadamente, poco a poco, mi caída fue aminorando su velocidad hasta que en un momento dado se detuvo del todo y aterricé como una pluma sobre tierra firme.
Todavía sin reponerme de ese salto eterno, un poco mareada, miré a mi alrededor, intentando descubrir adónde había ido a parar. A través de la neblina que nublaba mis ojos avistaba un valle precioso, bellísimo, cubierto enteramente por lo que parecían almendros primaverales. Desde la ladera en que me encontraba podía distinguir el Sol brillando con placentera calidez, los riachuelos manando tranquilos y la naturaleza creciendo libre con un gusto que ni el del mejor jardinero. Una bruma fresca humedecía mis brazos y me acariciaba con su frescor. Definitivamente, aquel lugar emanaba paz. El ambiente me fue contagiando con su serenidad y lentamente mi corazón se fue tranquilizando, dejando que el vértigo que nublaba mis ojos desapareciera por completo.
Y entonces pude verles con nitidez...
Allí se encontraban, todos ellos, como si me estuvieran esperando. Miles, millones de bebés perfectos con sus calvas inocentes brillando al Sol hasta donde se perdía el horizonte. Bebés y más bebés, todos sanos, alegres, lustrosos, a cada cual más guapo. No exagero si afirmo que los pucheros de cualquiera de ellos habrían ablandado el corazón al más frío de los hombres. De sus bocas diminutas, llenas de babas, emanaban gagueos de tal delicadeza que no deslucirían ante la mejor de las arias. Y todos sonreían felices, qué manera de sonreír, dibujando al hacerlo hoyuelos sobre sus rollizos mofletes rosas. El paisaje más bello que nadie haya visto nunca. No eran almendros en flor lo que me había parecido ver en aquel valle, sino un bosque de almas blancas, un mar de pañales, un océano de bebés.
Alrededor de ellos, en frenético ajetreo, correteaban miles de criaturas ficticias, afanándose en cuidarles y colmarles de mimos. El lugar bullía con su actividad. Abundaban sobre todo mujeres de grandes senos y jugosos pezones, frutos indudables de fantasías febriles de adolescentes, que alimentaban con su leche a los bebés. Pero también había multitud de otros seres: monstruos que realizaban las más estrambóticas carantoñas intentando provocar su risa infantil, aves extintas que volaban en círculos asemejando móviles flotantes, peludas bestias que se dejaban acariciar como peluches, corpulentos gigantes que les acunaban torpemente en sus fornidos brazos mientras les cantaban nanas con su ruda voz,... la lista era interminable. Parecía como si todos los habitantes del Mundo de los Sueños se hubieran puesto de acuerdo en enviar emisarios que complacieran a aquellos bebés.
Decidí acercarme un poco más y agradar yo también como pudiera o supiera a aquellos bebés. Sentía la imperiosa necesidad, no tanto por tenerlos más cerca sino porque alguna de esas sonrisas blancas estuviese dedicada a mí. Estaba exultante, feliz con el solo pensamiento de poder mimar yo a aquellas criaturas, sonriendo al abrirme paso entre la neblina y comprobar que olía a polvos de talco y colonia dulce.
Sin embargo, sin saber por qué, según andaba fui comenzando a notar cómo mis pasos se hacían paulatinamente más y más pesados, tan pesados que apenas avancé un par de metros más antes de que ya no pudiera continuar. Pero no eran mis piernas las que me lastraban, era el peso de mi corazón lo que me impedía seguir andando. De repente, sentía una gran tristeza, una tristeza inexplicable. No había nada que estropeara la hermosura del momento y mi deseo de acariciarles no había menguado. Simplemente parecía como si el más absoluto de los desalientos flotara en la atmósfera de aquel lugar y yo lo estuviera inhalando, llenándome los pulmones de aflicción. Llegó un momento en que la angustia que me oprimía el pecho se hizo tan fuerte que me impidió respirar, obligándome a postrarme, asfixiada, como a una asmática. Me senté en el suelo para coger aliento y en ese instante el conocimiento golpeó mi cabeza como un rayo. Y supe.
Supe que aquel no era un lugar de felicidad, sino todo lo contrario: Aquellos no eran otra cosa que los bebés no nacidos del mundo; bebés que nunca habían llegado a ver la luz en la realidad; bebés deseados, perdidos, renunciados, infinitas veces llorados; bebés imaginarios, producto únicamente de la mente de madres melancólicas.
Mis sueños me habían transportado hasta la tierra de aquellos bebés que nunca habían llegado a existir.
Entonces, la tierra tembló y el cielo se rasgó de arriba abajo como un papel roto. Con la rapidez del relámpago, de la herida profunda recién abierta en las nubes, emergieron 3 siluetas envueltas en llamas. Eran 3 búhos gigantescos, cada uno de un color diferente: uno blanco, uno rojo y uno negro. Volando en rápidos y perfectos círculos, aquellos búhos se dispusieron al momento sobre mi cabeza en fúnebre formación, señalándome como víctima, carroñeros, la parca danzando sobre sus alas ígneas.
Yo les observaba impotente, sin poder hacer nada. La angustia me había anclado con firmeza al inseguro suelo. Ni tan siquiera hice amago de moverme cuando el búho blanco detuvo su aleteo fúnebre y mirándome a los ojos se lanzó en picado hacia donde me encontraba. En menos de un pestañeo ya me había clavado su pico blanco en el pecho, a la altura de mi seno izquierdo, entrando en mí, desapareciendo en mi interior. Millones de imágenes asaltaron mi cabeza a la velocidad del delirio. Y para mi desgracia aún supe más...
Supe que muchos, muchísimos de aquellos bebés eran hijos de la infertilidad. Demasiados, definitivamente, aunque solo hubiera habido uno. Entonces, un indescriptible sufrimiento, el de todas y cada una de las mujeres de vientre yermo, me sobrevino, haciéndome doblar de dolor. Ilimitadas oraciones, tan estériles como ellas por culpa de un Dios sordo, acudieron en enjambre a mis oídos hasta fundirse en una sola voz que preguntaba al unísono: «¿Por qué yo?». Eternas noches moteadas de lágrimas desfilaron ante mí en segundos y comprendí su desolación absoluta. Allí, tumbada sobre el suelo sentí la pena y la rabia de todas las mujeres estériles del mundo, pero por encima de todo sentí su impotencia. Intenté gritarla al viento para deshacerme de ella pero ningún sonido salió de mi boca. El corazón  no me cabía en el pecho, tal era mi sensación de ahogo. Pensé que no habría en el mundo sufrimiento comparable al que sentía yo en aquellos instantes y millones de veces deseé la muerte, una vez por cada una de ellas, pero no me fue concedida. No imaginaba entonces que mi instrucción no acababa sino de comenzar, que el búho blanco no era sino el primer embajador de mi recién estrenado dolor.
Porque retorciéndome de pena, mi gesto apenas el esbozo de un grito ahogado, observé cómo el búho rojo dibujaba una leve pirueta en el aire y arremetía también contra mí. Sus alas de fuego cortaron el viento en milésimas de segundo para ir a clavarse hondamente en mi estómago, evaporándose dentro de mí, quemándome las entrañas. Y ese inmenso dolor que entonces consideraba insuperable aumentó al comprender más...
Justo cuando comprendí que de entre aquella legión de bebés, otros muchos habían sido secuestrados en el mismo útero. Futuros seres en proyecto que nunca habían llegado a existir, raptados de la placenta por el hambre, la enfermedad, la violencia o los accidentes. Muerte aún antes de la vida, mala muerte. Y la amargura que sentían aquellas mujeres que habían perdido a sus hijos no era menor que el de las madres estériles, porque esas mujeres no solo lloraban el hijo deseado, sino que añoraban también al hijo que el destino cruel y despiadado les había arrebatado. Eran mujeres de mirada hueca que se pasaban el resto de su vida acariciándose la tripa como si todavía quedara algo de esa vida en su interior, como si parte de la energía del hijo desaparecido impregnara aún su matriz. Mujeres que habían sufrido las más duras de las pérdidas, sus hijos y sus esperanzas, en un solo momento. Ellas lo sabían muy bien. Ellas sabían muy bien que haberlos tenido dentro por momentos lo hacía todo peor, mucho peor, ya que la tristeza de la pérdida es mayor que la tristeza del anhelo. Incomparablemente mayor.
Y cada ápice de sabiduría que trajo consigo el búho rojo lo pagué padeciéndolo de nuevo como mío, dándome un festín de angustia, emborrachándome con la desesperación inmortal de la que solo gozan los sueños destruidos. No hay agua en los océanos para llenar las lágrimas que me hubiera gustado llorar. Así, a voz en grito, imploré de nuevo una muerte piadosa, supliqué por el olvido de tantas miserias, anhelé un final rápido, cualquier cosa menos continuar soportando esa tortura inhumana en la que me veía inmersa.
Y nuevamente se me negó.
Porque mi instrucción todavía no se había completado. Desde el cielo, el búho negro, sin duda el más aterrador y grande de los tres búhos, proseguía su réquiem aéreo, aunque para ese entonces ya todo me diera igual, tan rendida me encontraba. Incluso cuando el búho negro desplegó sus alas y a lo ancho de la tierra de los bebés no nacidos se hizo de noche, no mostré el menor temor o interés. La oscuridad lo cubrió todo durante minutos hasta que la negrura volvió a arremolinarse en un solo punto, formando un huracán de tinieblas. Por unos instantes, la figura del búho negro pudo ser visible de nuevo, descendiendo sobre mí, embistiendo, penetrándome entre los ojos, apuntillándome con el último aguijón de sabiduría. Y mi aprendizaje incompleto se vio del todo saciado con las aciagas imágenes que me trasladó...
Porque, debí imaginarlo, de entre esa marabunta de bebés todavía me faltaba conocer aquellos a los que sus propias madres, no la fatalidad, habían negado la posibilidad de existir. Bebés en ciernes, no deseados en un principio, inoportunos, de los que se habían desprendido y sin embargo pasarían el resto de sus días extrañando mientras un remordimiento creciente se apoderaba de ellas. Como una mala infección, el sentimiento de culpa se extendía por sus entrañas, llenando sus noches de dolientes evocaciones. Disimularían sus emociones convenciéndose de que fue lo mejor, de que la hipotética vida que hubieran ofrecido a su hijo no merecía calificarse vida, de que no había otra alternativa, pero los días de lluvia siempre evocarían ese quirófano infausto con sus aparatos metálicos afilados como ganzúas. El olor a cloroformo y desinfectante las perseguiría siempre. Y cuando esto ocurría, que siempre ocurría, ellas mismas se erigían en acusado, jurado y verdugo y se condenaban a una cadena perpetua de aflicción constante. Hasta el día de su muerte se infringirían a sí mismas el duro castigo que supone dudar de la propia bondad.
Y ese calvario en que ellas habían convertido sus vidas también lo percibí como si fuera mi propia vida. Su culpa era mi culpa. Sentía mis entrañas gélidas, como si se hubieran contagiado de su frialdad, y abrigué las mismas imágenes de infanticida. Y nuevamente deseé la muerte, pero no tanto ahora ya para que terminara mi sufrimiento sino porque sentí que quizá merecía morir. Puede parecer un matiz absurdo, pero tiene una importancia capital. Esa es la línea invisible que separa la autocompasión del desespero.
Revolviéndome en el suelo, destruida, volví a gritar mi dolor. Me parecía como si hubieran transcurrido un millón de años desde que había entrado a esa tierra de bebés no nacidos, un millón de años de sufrimiento. Mis límites habían sido monstruosamente sobrepasados. Ya no podía aguantarlo más. Decidí terminar con mi vida de una vez por todas y determiné hacerlo de la única forma que se me ocurrió en ese sombrío momento, abriéndome las venas hasta desangrarme. De ese modo, me acerqué el brazo derecho a la boca dispuesto a asestarle un mordisco letal cuando una poderosa mano me detuvo. Uno de los gigantes a los que hace lo que me parecía una eternidad había visto acunar los bebés me agarraba con su descomunal fuerza. Intenté zafarme de su presa y cumplir mi suicida propósito, pero sus músculos parecían de acero.
—Suéltame —berreé mi impotencia—. Quiero morir. Suéltame...
Pero el gigante permaneció impasible y me agarró el brazo con aún más fuerza.
—Por favor —le supliqué—, suéltame. Deseo morir. Anhelo morir. Suéltame.
Y el gigante nuevamente hizo oídos sordos, afianzando aún más su cadena. Alrededor del gigante empezaron a arremolinarse criaturas que observaban el triste espectáculo que estaba dando. En la mirada de todos ellos, monstruos, mujeres tetonas, criaturas indefinibles, se podía adivinar el mismo semblante de compasión.
—Decidle que me suelte —volví a reclamar, gimoteando—. Decídselo vosotros. Dejadme morir.
Nadie se dio por enterado. Observaban atentos la venida de los bebés, que también estaban empezando a llegar hasta donde me encontraba. Seguían siendo igual de perfectos pero algo fallaba que ya no me parecían tan bonitos. Eran sus bocas. Las risas habían desaparecido y sus boquitas sonrosadas se torcían en una mueca que auguraba unos incipientes pucheros. Una de las mujeres se acercó hasta donde mí.
—Tranquilízate, chiquilla —me dijo en un susurro—. Vas a hacer llorar a los niños.
Pero su aviso llegó tarde. Solo fue necesario que uno de los bebés rompiera a llorar para que todos le siguieran con el mismo ímpetu. Una cacofonía formada por millones de llantos inundó al instante la tierra de los bebés no nacidos.
—¿Ves lo que has hecho? –me gritó la mujer muy enfadada, alzando su voz por encima del lloriqueo general—. Les has hecho llorar. ¿Ahora quién les tranquiliza?
—Lo siento mucho—–respondí—. Yo solo deseo morir. Matadme y no os volveré a molestar más. Matadme, por favor.
La mujer me miró fijamente. Sus enormes ojos color miel me escrutaban piadosos.
Tú no quieres morir —me dijo—. Crees que quieres morir, pero realmente no quieres morir.
—Sí que quiero —respondí convencida—. No puedo aguantar ni un minuto más el sufrimiento que me provoca saber quiénes son estos bebés. Esta tierra es el mismísimo Infierno. Tanta desolación, tanta desgracia...
La mujer sonrió levemente y me abrazó, como si supiera lo que tenía que hacer. Sin decir ni una palabra más, apoyó mi cabeza sobre su pecho. Antes de que pudiera darme cuenta me estaba acariciando y susurrando repetitivamente «no pasa nada, mi niña, tranquila no pasa nada, olvídalo todo, no pasa nada». Sus palabras debían poseer magia porque allí, sobre el magno pecho de esa magna mujer, por primera vez desde que había entrado a "La tierra de los bebés no nacidos" empecé a tranquilizarme. Me recordaba a mi madre en la forma de acunarme, de arrullarme, de mimarme,... Yo era una niña indefensa que se dejaba hacer mientras la mujer me seguía hablando con su dulce voz:
3Tranquila, mi niña, tranquila, ya pasó. Tranquilízate, que mamá te está cuidando —me decía—, y como has sido una niña buena mamá te va a contar un cuento después del cual te sentirás muchísimo mejor. Escucha mi cuento, mi niña buena, escucha atenta. Mi cuento dice así.
Y empezó a contarme:


 
«Se cuenta que Dios creó el mundo y también se cuenta que tras hacerlo se encontró solo, muy solo. Por este motivo, deseando ante todo no volver a padecer de soledad, Dios creó a Adán y Eva a su imagen y semejanza. Dios fue muy generoso con su creación: les regaló el Paraíso, les otorgó más dones que a ninguna otra criatura, les dotó con los instrumentos necesarios para que poblaran el mundo, les ofreció todo. Sin embargo, la historia ya se sabe: éstos traicionaron la confianza de Dios y fueron expulsados del Paraíso por siempre jamás por haber osado probar la manzana prohibida. Sufrieron muchas penurias por ello, pero a pesar de esto Adán y Eva supieron sobreponerse a su adversidad. Vivieron muchos años más y sembraron la futura semilla del mundo con muchos hijos, no solo los famosos Caín y Abel. Sin embargo, hay un personaje que tanto la Biblia como la Historia han olvidado por completo y ya nadie recuerda: éste fue el primer retoño de la pareja. Fue una niña y se llamó Aura.
Pues bien, cuenta la leyenda que Eva, tras su primer parto, con los ojos aún vidriosos por la recién descubierta sensación de dolor, miró a su hija, la abrazó y la amó con el amor infinito que solo puede emanar de una madre primeriza.
—Eres el ser más maravilloso de la Creación —dijo Eva—. Te llamaré Aura, porque eres el soplo de vida que cambiará el mundo.
Luego, cuidadosamente, Eva fue observando sus minúsculos deditos, sus ojos cerrados, su boquita gorgoteando y así prosiguió metódicamente hasta terminar el recuento completo de las partes de su cuerpo. La criatura que había traído al mundo, la pequeña Aura, era igual que ella, en todos los aspectos igual. Y la alegría tornó en llanto...
Eva lloró al imaginarse a su hija ya mayor, comprendiendo que el tormento que ella acababa de pasar algún día también lo sufriría su niña. Al suponer a esa inocente criatura padeciendo los dolores del parto Eva maldijo a Dios y blasfemó al cielo. Luego se flageló al pensar que todo era culpa suya, que ese amargo dolor no era sino un injusto castigo extendido a todas las mujeres del que solo ella era merecedora. Tenía que hacer algo, tenía que evitarle a su hija esa penuria como fuera, pero ¿cómo escapar de una condena divina? Dios fue taxativo en su designio: «"Darás a luz con dolor», dijo. ¿Cómo evitaría a esa pequeña criatura aquel dolor tan atroz? Solo le quedaba una salida. Si Dios le había dado la espalda tal vez la Serpiente podría ayudarle.
Así, Eva cogió a su hija en brazos y se arrastró por el suelo buscando el consejo de la Serpiente, olvidando por completo que por culpa de la misma ahora se veía inmersa en esa situación. Por fin la encontró, debajo de una roca, escondiéndose como siempre del Sol.
—Serpiente —dijo Eva—, tú que recolectaste el fruto del Árbol del Bien y del Mal y me lo ofreciste, tú que pusiste a mi alcance la tentación que ahora pago con sufrimiento y dolor, tú, me debes un favor...
—No te debo nada —respondió la Serpiente—. Tomaste libremente lo que te ofrecí y solo tú eres responsable de tu dolor. Acepta tu castigo y aprende a vivir con él.
—Acepto mi castigo y lo afronto con valentía —alegó Eva—, pero dicho castigo fue desmedido. Dios debió castigarme a mí y solo a mí. ¿Qué culpa tiene la criatura que traigo en brazos de mi error? ¿Por qué ha de pagar ella por mis pecados?
La Serpiente, que hasta entonces parecía no haber advertido el bulto que acarreaba Eva, reptó por el suelo y miró al pequeño ser a través de sus ojos triangulares. En su retina transparente de reptil se reflejó la pequeña Aura.
—Fíjate, Serpiente —añadió Eva—, qué ser tan bello. Ni en el Paraíso pudiste observar tanta hermosura. ¿Cómo podría alguien desear el dolor de esta niña? Y a su vez, ¿cómo evitarlo?
La lengua bífida de la Serpiente relampagueó y sus fauces parecieron dibujar una sonrisa. Entendía. Y sabía lo que debía hacer.
—Así que lo que deseas es que tu hija no sufra el dolor que ocasiona el traer una nueva criatura al mundo —preguntó la Serpiente—. Difícil, muy difícil conseguirlo.  Sabrás que dicho dolor proviene de una sentencia directa de Dios que ni yo puedo revocar. Sin embargo...
—Sin embargo, ¿qué? —preguntó Eva, impaciente.
—Sin embargo —respondió la Serpiente—, dicho dolor se podría evitar si tu hija no diera nunca a luz. Estoy seguro que unas pocas gotas de mi veneno bastarían para conseguirlo. Si me dejaras darle a tu hija un leve mordisco en su barriguita mi veneno solo actuaría sobre esa parte de su cuerpo y dejaría inútil esa zona para siempre. Un poco de veneno no le dolería y tampoco le mataría.
Eva escuchó atenta esas palabras. Le resultaba atroz imaginar a su hija siendo mordida por la Serpiente, pero aún peor le resultaba imaginar a su hija, ya mayor, desfigurada y desencajada por los dolores del parto. Al fin, accedió.
—Tuya es mi hija, Serpiente -dijo Eva-, pero te lo advierto. Si me has engañado y mi hija muere o sufre dolor alguno no habrá lugar en el mundo en el que puedas esconderte de mí.
Y alargando su brazo, Eva depositó a la pequeña Aura delante de la Serpiente. Ésta, deslizándose por el suelo, se situó encima de la barriguita de la pequeña, a la altura del ombligo, y se enroscó sobre sí misma, ocultando la cabeza entre sus propios pliegues. En un parpadeo, sacó de nuevo la cabeza y proclamó triunfalmente:
—Ya está hecho.
Eva corrió hacia su niñita y escrutó su tripita con mesura. Apenas unos milímetros por debajo del ombligo se advertían dos minúsculas mordeduras, casi imperceptibles. La niña ni se había inmutado, por lo que la Serpiente dijo la verdad con lo de que el mordisco no le dolería.
—Gracias, Serpiente, por lo que has hecho por mi hijita —agradeció Eva—. Lloro de alegría al saber que mi niña no padecerá lo mismo que yo. No es cierto que tu corazón solo abrigue maldad.
—No ha sido nada —repuso la Serpiente—. Para mí es un placer privarle de sufrimiento a una criatura inocente, aunque...
La Serpiente había alargado innecesariamente la última palabra.
—Aunque, ¿qué? –preguntó Eva, intranquila.
 —No, nada, da igual —replicó la Serpiente.
La Serpiente seguía alargando sus palabras, con énfasis burlón, haciéndose desear. Eva se impacientó.
—¿Qué me ocultas, reptil? Termina tus frases, astuta alimaña. Aunque, ¿qué?
—Aunque mayor placer me proporciona el privarle de tanta felicidad a una criatura inocente.
Y dicho esto, la Serpiente se escabulló veloz por una grieta del suelo. Eva no entendía nada.
 —¿Por qué has dicho eso, maldita? —gritaba Eva— ¿De qué placer has privado a mi niña? No te entiendo, falaz. Respóndeme.
Entonces, de la grieta por la que se escapó la Serpiente afloraron una risitas tenues, que pronto se convirtieron en sonoras carcajadas. Eva seguía chillando, furiosa, enloquecida.
—Serpiente, da la cara y confiesa qué le has hecho a mi niña. Venga, maldita.
—Ha ha ha ha ha —resonaban las carcajadas de la Serpiente—. ¿Es posible que seas tan lela que no adviertas de lo que has privado a tu hija? Ha ha ha ha ha. Imagínate, Eva, a ti después del parto, besando a tu hija con el orgullo de madre. Imagínate a ti, dando de mamar a tu bebé. Imagínate, riendo las risas de tu pequeña. Ahora, imagina no haber vivido esos momentos. Ha ha ha ha ha.
La tierra tembló con las últimas risotadas de la Serpiente, tanto y tan alto se reía. Eva, por su parte, se había abalanzado sobre la tripa de su hija y succionaba sobre las dentelladas con fuerza, intentando extraer el veneno del cuerpo de la pequeña Aura. Succionó enloquecida, rabiosa por su propia estupidez, pero ya era demasiado tarde. El veneno había hecho efecto: Aura ya nunca podría engendrar. Su hija se había convertido en la primera persona estéril del mundo
       Observando todo esto desde el cielo, Dios lloraba...»


 
La mujer cesó en su narración y me besó en la frente. Los bebés no nacidos se habían dormido, el cuento parecía haber acabado. Yo estaba más tranquila, sí, pero no tanto por la narración sino por el cálido arrullo con que la acompañó. Al contrario de lo que me había dicho, no me sentía muchísimo mejor después de escucharlo. De hecho, no entendía por qué debería haberme hecho sentir mejor. Se lo expuse.
—Me has contado un bonito cuento —le dije—, pero no me siento mejor ni más aliviada de saber quiénes son estos desgraciados bebés. La congoja no ha desaparecido, todavía me impide respirar.
—Eso es porque solo has escuchado la mitad del mismo —me respondió—: la mitad mala. Toda historia necesita de una mitad mala, ¿lo entiendes, mi niña? Un final feliz requiere de una historia triste que lo glorifique y un final triste precisa de una historia alegre que lo lamente. El bien alimenta el mal y el mal alimenta el bien. Escucha mi niña buena, escucha el final...
Y siguió contando...


 
«Pasaron los años. Adán y Eva siguieron concibiendo hijos, muchos, muchísimos más, tantos que con el tiempo ni se reconocerían como hermanos. Y a pesar de que después de succionar en los labios de Eva apenas quedaron unos restos insignificantes de veneno serían suficientes para que a través de los siglos siguieran naciendo humanos privados de la capacidad de tener hijos, tal postrero regalo brindó la Serpiente a la humanidad.
Por su parte, la pequeña Aura creció y se convirtió en una mujercita llena de cualidades, aunque algo huraña y solitaria, consciente de su maldición. No en vano, era ella la única mujer del recién creado mundo que no podía tener hijos.
Conforme pasaron los años, la envidia de Aura fue aumentando. Ver al resto de mujeres de su entorno dar a luz, besar a sus bebés, hacerles carantoñas, darles de mamar de su pecho, le suponía un dolor insoportable. Según se fue haciendo adulta, Aura se volvió más y más introvertida, hasta que llegó el día en que no pudo soportar la compañía humana más y determinó huir al desierto y pasar el resto de sus días retirada en un olvido eremita. Fue allí, en la soledad del desierto, donde Aura terminó de enloquecer.
Porque a falta de un hijo propio del que cuidar, Aura concibió en su cabeza un bebé tan bello y tan perfecto que terminó creyéndoselo, un bebé imaginario, el primero de los bebés no nacidos del mundo. Todos los días, Aura se levantaba de madrugada y acolchaba los brazos para dar de mamar a su hijo invisible. Día tras día, acunaba al aire sin descanso, cantaba nanas para que se durmiera el horizonte, ronroneaba a la nada, atiplaba la voz para pedirle al silencio que dejara de llorar...
Pasaron décadas y Aura envejeció, a cada día más loca. Pero un día un viajero perdido llegó hasta al retiro de Aura. Aquel viajero no era sino Dios, que había decidido intervenir, hasta tal punto sentía como propio el sufrimiento de Aura. Ella no sabía quién era y le trató como a un viajero más, acogiéndole por una noche y dándole algo de comer para que siguiera su viaje al día siguiente. Por la noche conversaron.
—¿Así que hace años que vives en esta cueva? —preguntó Dios—. ¿Y se puede saber por qué una mujer guapa como tú se aísla del todo el mundo?
—Eso es asunto mío —alegó Aura con brusquedad-.
—Ya veo —respondió Dios—. Perdona que te haga otra pregunta, pero esta tarde te he visto acunar a alguien y estabas tan lejos que no he podido ver tu hijo. ¿Me lo enseñarías?
—Ahí está —contestó secamente Aura, señalando un rincón vacío de la gruta.
—Ah, le veo —respondió Dios—. Es muy guapo, igual que la madre. Qué curioso, una vez conocí un bebé prácticamente igual, en un reino muy lejano. Solo se diferenciaba en que aquel bebé no tenía una madre que le cuidara.
Aura dio un respingo. Comenzaba a interesarse por el viajero.
—Aquel bebé —prosiguió Dios—, nunca crecía. Permanecía perfecto en su condición de eterno lactante y era sin duda el ser más sonriente que se hubiera visto nunca en ese reino o en otro. Siempre estaba feliz, haciendo carantoñas y era considerado la posesión más preciosa del reino, el tesoro real. Tal era su candor que todos aquellos que le miraban se enamoraban de él y pretendían adoptarle al instante. Solo una cosa se les pedía además para ello: adivinar su verdadero nombre. Pero ojo, cada persona solo podía probar una única vez. Se decía que cuando el bebé escuchara su auténtico nombre, abriría los brazos de par en par y aceptaría al afortunado como progenitor. Te puedo decir que he visto miles de personas intentarlo sin ningún éxito. Yo mismo probé suerte en su momento intentando adivinar su nombre y no lo conseguí...
Aura escuchaba con suma atención.
—¿Y dónde has dicho que está dicho reino? —preguntó.
—Oh, no muy lejos de aquí —contestó Dios—, ¿pero para qué querría una chica joven y guapa como tú saberlo? Pareces muy feliz aquí, en el desierto.
Dios se estaba haciendo de rogar, valga la redundancia, pero Aura le insistió.
—No, que había pensado que yo también querría probar suerte —dijo.
—De acuerdo —le contestó Dios—, te llevaré hasta allí. Mañana nos pondremos en camino.
Y sin esperar más, al día siguiente se levantaron de madrugada y se encaminaron hacia lo más profundo del desierto. Anduvieron todo el día, sin descansar apenas ni para comer y parando apenas unas horas por la noche para dormir. Este peregrinaje se prolongó durante 6 largos y penosos días. Por la noche, Aura se encontraba agotada.
—¿Queda mucho para llegar? —preguntaba.
—Tú descansa —replicaba siempre Dios—. Mañana será otro día.
Pero no fue hasta que se despertó la madrugada del séptimo día cuando Aura comprobó que no lo hacía en el seco desierto donde se había acostado la noche anterior sino en un vergel maravilloso. Por todas partes aparecían todo tipo de árboles frutales y las calles era tan perfectas que casi dolían mirarlas. Aura miró a Dios sorprendida. Éste se limitó a decir:
—Hemos llegado.
El lugar al que habían llegado era extraño y bello a partes iguales. Estaban en el centro de una plaza pavimentada de plata en la que apenas había  habitantes y los pocos que había eran muy extraños: demasiado altos, demasiado bajos, demasiado irreales. Todos rodeaban circunspectos una pequeña cuna en el centro de la plaza como si estuvieran acometiendo el acto más trascendental de sus vidas, como si custodiaran el tesoro real de aquel pequeño reino. Aura se acercó para ver el preciado contenido de la cuna y en cuanto vio al pequeño ser que babeaba desde el fondo de una cuna no pudo reprimir un grito: ¡aquel era su bebé, tal cual lo había imaginado! ¡Sin duda! Saltó hacia él, raudamente dispuesta a abrazarle y colmarle de besos cuando una mano le retuvo.
—No tan rápido —le espetó un fornido caballero embutido en una pesada armadura. Y sentenció monótonamente—: el bebé solo se irá cuando escuche su verdadero nombre, ni antes ni después. Piénsatelo con calma ya que solo tendrás una oportunidad.
—No necesito más oportunidades —replicó Aura a la vez que bajaba la cabeza y susurraba al oído del bebé el mismo nombre que tantas veces había repetido al viento y al polvo.
Nunca sabremos el nombre que Aura le susurró al bebé (aunque especulaciones no han faltado e incluso se ha llegado a rumorear que por la perfección de dicho bebé posteriormente hasta Dios lo adoptaría como hijo propio), pero lo que sí se sabe es que apenas hubo acabado de decir la última letra, con la fuerza de un río desbocado la risa más limpia del mundo manó de la cuna. Ningún presente podía creer lo que sus ojos estaban viendo cuando el bebé extendió los brazos hacia Aura y se dejó coger. Aura lloraba de alegría, más feliz a cada risa del bebé, su bebé. Las décadas de desgracia desaparecieron de su rostro y de su cuerpo envejecido. Se desbordaron los besos, las caricias, los abrazos, pretendiendo abarcar en unos minutos las carencias de toda una vida.
Dios también sonreía con la alegría de aquel encuentro. Por el contrario, los guardianes del bebé parecían increíblemente tristes: el bebé que durante tantos años habían custodiado, su tesoro mejor guardado, les había sido arrebatado. No habían podido escuchar el nombre del mismo porque Aura lo dijo en un tono inaudible excepto para ella y el bebé, pero quedaba patentemente claro que el bebé la reconocía como su madre. Uno de ellos, con los ojos arrasados en lágrimas, se acercó a Aura.
—¿Y ahora qué? —preguntó.
—¿Cómo? —se sorprendió Aura— ¿Qué quieres decir?
—Pregunto que ahora qué será de nosotros. Cuidar y custodiar del bebé, a la espera de que alguien adivinara su nombre era la razón de nuestra vida. No sabemos hacer otra cosa. Es más, no anhelamos hacer otra cosa.
Aura no sabía qué decir para consolarle. Realmente le daba pena dichos custodios que con tanto celo habían cuidado de aquel bebé durante años, décadas quizá, pero no estaba dispuesta a renunciar a aquel bebé por el que tanto tiempo había rogado. Dios decidió intervenir:
—Y digo yo —propuso salomónicamente—.: ¿por qué no cuidas y crías a tu bebé en este pequeño reino, Aura? Estoy seguro de que no has visto lugar más bello en ninguna parte y me parece mejor hogar que el árido desierto. Además estos seres que tanto le quieren podrían seguir viendo al bebé con regularidad y estarán encantados de ayudarte en cualquier cosa que les pidas.
—Es una gran idea —complementó uno de los guardianes—. Aquí no te faltará de nada, Aura. Siempre hace buen tiempo y abunda la comida. Aquí seréis felices, seguro.
—Puede, incluso —añadió Dios—, que con el tiempo vengan aquí nuevos bebés. Y alguien tendrá que ocuparse de ellos.
Aura necesitó poco tiempo para pensárselo.
—De acuerdo —subscribió—, me parece una gran idea. Solo una cuestión: ¿dónde nos encontramos? Me gustaría saber el nombre de este reino o al menos qué reglas lo rigen.
—Este reino tuvo un nombre que perdió y no me apetece recordar, pero tienes razón, todo lugar necesita un nombre. Ya sé —pronunció Dios—, a partir de ahora este lugar se llamará “La tierra de los bebés no nacidos”. Y en cuanto a qué reglas lo rigen podéis estar tranquilos. Antiguamente tenía una, pero aprendo de mis errores, —y guiñando un ojo, añadió— ninguna manzana de la discordia empañará la dichosa  existencia que os aguarda a partir de ahora.
Y tras decir esto, se acercó al primero de los bebés no nacidos, le besó en la frente y se despidió de todos los presentes.
Y nunca, nunca  más se le volvería a ver por aquel reino»



 
—Y ya está, esa es la historia —la mujer terminó, ahora sí, su narración.
Llegados a ese punto yo ya me había derretido entre sus brazos. Ahora sí no solo me encontraba mucho más tranquila sino que la congoja de mi corazón había desaparecido por completo. Me parecía mentira pensar que unos minutos antes había estado a punto de terminar con mi vida vencida por la tristeza. La mujer me había dicho la verdad, ahora me encontraba mucho mejor. Entendía qué era aquel lugar, qué propósito tenía, por qué estaban allí aquellos bebés. Aquel lugar que yo había juzgado paradigma de la desgracia era todo lo contrario: era un lugar de esperanza y de perdón.
—Hace muchos eones de esto que te he contado —añadió la mujer—, tantos que hasta ciertos dioses lo han olvidado. Desde entonces, el número de bebés no nacidos ha ido aumentando hasta lo infinito. Afortunadamente, también las criaturas y seres que nos ayudan a cuidarlos han ido aumentando proporcionalmente. De vez en cuando nos visitan criaturas hechas de la materia de los sueños o acuden directamente alentadas por las particularidades y bonanzas del lugar. Y de vez en cuando —y al decirlo me miró fijamente con esa sonrisa compasiva suya tan característica—, también recala aquí por accidente alguna soñadora perdida que nada sabe ni del sitio ni de nuestros bebés y sufre innecesariamente con las enseñanzas que le transmiten los 3 búhos del conocimiento.
—Lo siento —me disculpé.
—No, no lo sientas, mi niña —me respondió—. Lo normal es que te sintieras como te sentiste. De hecho, la principal misión de los 3 búhos del conocimiento es mantener alejadas las visitas indeseadas. No eres tú, mi mucho menos, la primera que al llegar aquí se lleva una imagen equivocada de este sitio. Al principio todos pensáis erróneamente que éste es el lugar donde toman forma los sueños rotos de bebés que no llegan a nacer sin imaginaros que es justo lo contrario: el lugar donde toman forma los bebés que nacen de los sueños rotos. Aquí es donde se manifiestan, idénticos a como los imaginan las madres que no han llegado a ser tal, esperando que les vengan a recoger y a cuidar. Éste es ese sitio.
—Qué paraje tan triste y a la vez tan alegre —comenté rendida—. Ahora entiendo por qué existe este lugar que llamáis “La tierra de los bebés no nacidos”. Debe existir. Supongo que podría considerarse el Cielo de todas las no-madres. Desde luego, si el Paraíso existe yo me lo había imaginado así.
—Sí —asintió la mujer—, supongo que tu descripción de este sitio es tan buena como otra cualquiera: el Cielo de las no-madres, sí, pudiera ser...
—Es la historia más bella que haya oído nunca —proseguí—, gracias por compartirla conmigo. Por cierto, me gustaría saber qué fue de aquel primer bebé no nacido y de Aura.
—No es cosa normal que nuestros niños crezcan ya que las madres suelen preferir imaginarles siempre bebés, en una infancia eterna. Cuántas madres no habrán manifestado nostálgicas «¿por qué creceréis?», al ver a sus hijos crecer y perder la inocencia. Sin embargo, aquel bebé se salió de la norma y creció, convirtiéndose en un gran hombre, quizá el mejor que haya habido nunca.
Hizo una pausa antes de continuar.
—Respecto a Aura —y al decir esto me miró de forma extraña—, te puedo prometer que sigue viviendo aquí tan feliz como el primer día, cuidando bebés perfectos y consolando viajeras perdidas. Quién sabe, quizá incluso esté aquí cerca.
—Gracias —volvía a agradecer—. Me has salvado de una muerte segura. Cuesta de creer pero si no llega a ser por ti hace apenas media de hora habría terminado con mi vida. Ahora en cambio, no sé, es como si estuviese liberada, como si la existencia de este sitio hiciese del mundo un lugar mejor...
—El mundo, tu mundo, ya es un lugar mejor —me contestó—. Es perfecto tal cual es. Recuerda lo que dije de que toda historia necesita de una mitad mala o menos buena. Sin vosotros no existiría este lugar. Tanto vosotros como nosotros formamos parte de un todo. Vosotros sois la historia. Nosotros el final feliz.
Justo iba a contestarle que yo también quería ser parte de ese final feliz, que yo también quería pasar mi vida como ella, cuidando aquellos bebés, o aunque solo fuera cambiándoles los pañales sucios, cuando en ese momento un sonido lejano, al principio casi inaudible, descendió desde las nubes. En segundos, ese sonido se hizo muy fuerte, ensordecedor, como un trueno martilleando, como un diapasón gigante que resonaba en mi cabeza. Al mismo tiempo noté cómo mis pies se despegaban del suelo y comenzaba a elevarme rápidamente.
—¿Qué me pasa? —pregunté a voz en grito—. ¿Por qué me elevo?
Aura movía los labios intentando decirme algo, pero el sonido se había vuelto tan estrepitoso que ahogaba sus palabras. La observé impotente mientras seguía elevándome.
—Pero yo quiero pertenecer también a este mundo —grité desde el aire, cada vez más lejos—. ¿Me oyes? Quiero ser como vosotras. Por favor, quiero quedarme. Decidme al menos cómo volver.
Pero sabía que mis palabras se perdían entre el estruendo mientras continuaba elevándome hacia un cielo que se iba volviendo paulatinamente más negro.
—No —grité impotente—, no quiero marcharme, ahora no, por favor, ahora no...
Y no había terminado de decir el último «ahora no» cuando desperté.
Me encontraba erguida sobre mi cama, llorando en mi habitación, sola, empapada en sudor, en un rebujo de sábanas húmedas, el corazón latiéndome a mil por hora. El ruido gigantesco que me había raptado de “La tierra de los bebés no nacidos” no era sino el de mi despertador electrónico barato que me señalaba impenitente la hora: las 7 y cuarto de la mañana. Hora de ir a trabajar.
Lo apagué y me di media vuelta en la cama. Ni siquiera hice amago de intentar conciliar de nuevo el sueño, sabía que no podría. Tampoco iría a trabajar ese día, pondría cualquier excusa médica. De todas formas, el recuerdo del sitio mágico donde había estado no me hubiera dejado concentrarme. “La tierra de los bebés no nacidos” se me había perdido para siempre y mi vida me parecía de repente monótonamente vacía.
A punto estuve de caer ese mismo día en una depresión, pero entonces recordé que nosotros somos indispensables para que esa tierra exista. Comprendí que nuestro desespero alimenta nuestra fe más ciega e irracional, la cual alimenta a su vez a “La tierra de los bebés no nacidos”. Como el espejo de feria que nos hace vernos más altos y delgados, “La tierra de los bebés no nacidos” representa nuestro reflejo más benigno, nuestra perspectiva más optimista.
Y por lo que a mi historia respecta, eso es todo. No creáis que no soy consciente de que mis palabras de hoy también se las llevará el viento y de que pronto en vuestra memoria solo recordaréis mi relato como un cuento más. Quizá incluso lo tildaréis de fantasioso, quizá resumiréis mi viaje en que son solo los desvaríos de una loca.
No creáis eso, por favor, no penséis ni por un momento que lo que os he contado es solo un sueño. Consideradlo un sitio que existe pero al que nadie sabe cómo llegar. Y valga mi historia para todas las mujeres que penáis por bebés no nacidos. O valga al menos para que si un día llegáis a ese lugar no os dejéis vencer por el afligimiento que los 3 búhos del conocimiento os trasladarán.
Porque estuve allí y les vi, os lo prometo otra vez, tantas como haga falta. Tan cierto como que respiro, y sí, tan claramente que hasta les podía tocar. Todavía es el día hoy en que no sé por qué esa noche fui yo la elegida para enseñarme un pedacito de Cielo, pero lo que sí sé es que tuve esa suerte y que vosotras deberíais rezar por tener la misma fortuna.
Y si vuestros rezos no caen en saco roto y por ventura vuestros sueños os transportan al igual que a mí a “La tierra de los bebés no nacidos”, disfrutadlo. Considerad el más preciado de los dones el haber llegado a ese lugar.
Porque esa noche recuperaréis la feliz certeza de que hasta en las situaciones más desesperadas hay esperanza; porque esa noche uno de los bebés no nacidos del mundo reirá a vuestro lado y vosotras no podréis reprimir vuestra risa; porque esa noche, quizá por primera vez, el mundo os parecerá más generoso y justo al despertar.
Ese es mi último deseo para vosotras: únicamente que compartáis mi misma suerte. Y si me habéis escuchado hasta aquí, gracias, ya no os molesto más. Confío que mis andanzas os hayan transmitido cierta paz, o al menos, espero no haberos aburrido. Además, es hora ya de despedirme de vosotras; es muy tarde y tenéis que dormir. Me voy, hasta mañana, pero que la despedida de hoy no sea una más. Esta noche, cuando el interruptor baje y se apague la luz, entended por qué siempre me despido de vosotras de la misma manera:
(clic)
Buenas noches.
Que soñéis con los angelitos...






 
 




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 Este relato fue escrito para una amiga, a esa amiga le gustó/le sirvió, y en cierta manera logró su objetivo.
Mencionar también que fue un relato inspirado por el universo de Neil Gaiman: con poco esfuerzo se puede reconocer a Morfeo, Muerte, Caín, El campo del violín... en las referencias bíblicas del relato que en realidad no son tales.
Sin embargo, además de un relato primerizo entiendo que es un relato FALLIDO ya que, me consta, se puede llegar a entender como un panfleto antiabortista. Nada más lejos de mi intención. En absoluto.
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