Artistas del hambre











«En los últimos decenios, el interés por los ayunadores ha disminuido muchísimo. 
Antes era un buen negocio organizar grandes exhibiciones de este género 
como espectáculo independiente, cosa que hoy, en cambio, 
es imposible del todo. Eran otros los tiempos.»
- «El artista del hambre» - Franz Kafka






Se lo habían robado. Al profesor de la escuela, nada más y nada menos. Habían aprovechado la noche, chapoteando en el légamo de la oscuridad, anegándose de lluvia y sombra. Mientras Ismael vigilaba fuera, Rodo se había introducido en su choza y lo había cogido. El libro del profesor español. El maldito, dichoso libro que paseaba a todas horas y leía continuamente, como si nuevas palabras manaran de él a cada vez, como si fuera interminable. El libro que había abierto en clase esa misma tarde para contarles el infame escrito. «Escuchad esto», les había dicho, y había procedido a leerles una historia que hedía a podredumbre y miseria, a desdicha y embuste; un relato que les había ofendido en lo más hondo: “El artista del hambre”, de Frank Kafka.
Para peor, el profesor les había narrado el cuento esforzándose en las inflexiones de voz, engolando o atiplando su tono de una manera absurda y vehemente. Se les encogían las tripas al recordarlo. Incluso había adoptado al final un absurdo tremor de debilidad que recreara la voz del artista del hambre en sus últimos pasajes cuando, ya moribundo, declamaría estas últimas palabras instantes antes de morir.
—Porque no pude encontrar comida que me gustara —levantó el dedo índice el profesor español en el papel del artista del hambre, reclamando especial atención para esta frase—. Si la hubiera encontrado, puedes creerlo, no habría hecho ningún cumplido y me habría hartado como tú y como todos.
Luego en la historia habían sustituido al artista del hambre por una pantera en la misma jaula y ya estaba. Fin del cuento. El artista del hambre, quien ofreciera un espectáculo a las masas consistente en pasar días y días, semanas, meses, sin probar bocado, ayunando hasta el paroxismo, había muerto. Muerto de hambre. Su sacrificio voluntario lo había sabido llevar hasta sus últimas consecuencias. ¿Acaso alguien lo entendía? ¿Acaso podía tener alguna explicación? ¿Qué clase de cuento era ese?
—Bueno, ya está. ¿Qué os ha parecido? —inquirió el profesor con la intención de iniciar un debate.
—Una completa estupidez —intervino Rodo, desdentado, piel coriácea, doce años, con insolencia—. No se puede ser más menso.
—¿Por qué, Rodo?
—¿Por qué? Pasar hambre pudiendo no pasarla. Y encima le llaman artista. Hay que estar tarado. Del todo.
La clase al unísono aplaudió sus palabras. Rodo era de los mayores de la clase y había sabido hacerse eco con pocas palabras del sentir general. Luego el profesor intentó explicarles —en vano— que no se dejaran engañar por las apariencias, que en realidad el artista del hambre podría ser visto como un nosequé sobre la creación literaria y patatín y patatán, pero ya nadie le escuchaba. “El artista del hambre” se titulaba el cuento, ¿no? Pues no había nada más que hablar.
Más tarde, ya en la calle, no pudieron evitar retomar del tema:
—¿Tú crees que el artista del hambre existió de verdad, Rodo? —le preguntó Ismael, moreno, delgado y andrajoso, su hermano pequeño de diez años—. ¿Alguien que podía encerrarse en una jaula y pasar hambre por placer? ¿Tú te lo crees, Rodo?
—No, cómo voy a creerlo —respondió éste—. Pasar hambre pudiendo no pasarla, eso no hay quien se lo crea. Y si existió tuvo que tratarse de un tarado en un mundo de tarados, no hay otra, porque ya me contarás qué espectáculo puede suponer ver a alguien morirse de hambre en una jaula.
Ismael asintió con ganas la sentencia de su hermano mayor, dando el asunto por zanjado. No se dijo ni una palabra más. Durante todo el camino de regreso a su asentamiento, Rodo pareció ausente, tenso como un arco. Su hermano mayor rumiaba algo, tenía mercurio en la mirada. Quizá por ello, cuando más tarde Rodo volvió a reunirse con él y le llevó hasta un apartado lugar, no le extrañó lo que le contó.
—Voy a hacer una cosa, Ismael —dijo, y le relampagueaban de nuevo los ojos a Rodo.
—¿Qué cosa?
—Una para la que necesito tu ayuda. Pero me tienes que prometer que me ayudarás.
—Por supuesto —accedió a ciegas.
—Vale, pues te lo cuento —y le susurró Rodo al oído—: voy a robar el libro del profesor español. El libro del cuento.
—¿Por qué?
—Porque el profesor español se está riendo de nosotros, ¿no lo ves, Ismael? No puede venir aquí él, con su tripa llena, a contarnos una historia en la que el artista es el que pasa hambre, como si fuera algo bueno y meritorio. El muy cabrón. ¡Que pase hambre él si quiere, a ver qué tal le parece!
En la memoria de ambos niños restallaron entonces vivencias pasadas, no muy lejanas en el tiempo si se paraban a pensarlo. Apenas habían pasado siete años desde el otoño de 1998, desde el huracán Mitch. Ese nombre, Mitch, tan utilizado, tan cercano, que era como el tañido de una campana. Mitch, Mitch, Mitch, como una oración que de tanto repetir las palabras había perdido cualquier significado. Mitch, Mitch, Mitch, que te llevaste a nuestros padres; te rezamos, te imploramos, no vuelvas.
Ismael contaba con apenas tres años en 1998 y sólo guarda recuerdos difusos, como de un mal sueño, pero Rodo se acuerda de todo. Del viento y la destrucción, del lodo y las moscas, del agua negra y el hedor, de los muertos y los vivos. Y sobre todo, del hambre y la sed. El agua potable dejó de existir y las cosechas quedaron totalmente destruidas. Ni maíz, ni sorgo, ni arroz. Hambre.  Hambre con mayúsculas. Hambre de adultos, tan atroz como para darle una paliza inhumana a un niño y quitarle el poco maíz que había conseguido rescatar de la milpa para él y su hermano pequeño. Rodo tenía cinco años. Lo recuerda muy bien. Muchas noches se acostaron sin meter nada al cuerpo. Las convulsiones, los retortijones de las tripas quejándose de la situación, las diarreas aguachinadas, el comerse cualquier cosa; era lo cotidiano. Muchos dientes no le salieron y los que le salieron se le cayeron enseguida, enclenques y frágiles. Pero sobrevivió. Él y su hermano. También se acuerda de eso.
«Porque no pude encontrar comida que me gustara», regresan entonces las palabras de “El artista del hambre” de Kafka a su mente. «Porque no pude encontrar comida que me gustara», golpeándole como un diapasón gigante, repiqueteando en su interior, asaetando sus recuerdos. Los ojos de Rodo, repentinamente infantiles, titilan de odio hacia el profesor español y su artista del hambre.
 —Quiere… —hipó entrecortadamente, densas lágrimas como calamocos recorriéndole el rostro—, quiere que sintamos vergüenza.
Y entonces lo hicieron. Sombras de niños cortando a cuchillo la oscuridad, invisibles, veloces, saltando sobre las piedras húmedas. Adentrándose en la choza del profesor español, robándole su libro. Delgados como cadáveres, como fantasmas salidos de la nada, desaparecen bajo la lluvia como tal. En apariencia tan niños, en realidad tan cabrones.
Luego, ya más tranquilos, en el recoleto lugar de su elección, bajo el puente que cruza el río, tienen tiempo de observar el libro con detenimiento. «Relatos completos, Frank Kafka», reza su lomo. Más de seiscientas páginas de apretada letra, en la página 54 el maldito relato: “El artista del hambre”.
—¿Qué hacemos ahora? —escudriña Ismael a su alrededor, hisopado de lluvia, inseguro de su escondite—. Dime, Rodo, ¿qué hacemos?
—Lo vamos a quemar y a tirar al río —responde éste con solemne masculinidad.
Y sin aguardar a nada más, sin oficiar más ceremonia, Rodo extrae un encendedor del bolsillo de su pantalón raído, el cual hace un chasquido seco al entrechocar el metal. Luego lo acerca a una esquina del libro y éste prende con la alegría con que arden los libros, hojaldrándose las páginas antes de arrebolarse en llamas y morir. No obstante, antes de que el fuego lo consuma del todo, Rodo eleva el libro por última vez sobre su brazo y lo entrega al caudal del río, que se lo lleva rápidamente con la corriente. Por un instante, la noche, el río y ellos mismos parecen la misma cosa.
—¡A la chingada, artista del hambre! —berrea su rabia hacia el agua—. ¡A la chingada, Kafka! ¡A la chingada!
—¡A la rechingada! —repite su hermano pequeño, el cual parece encantado con la situación.
El libro desaparece de su vista entre la espuma del río, el personaje kafkiano y su recuerdo ahogándose bajo las aguas. Viéndoles hundirse, de alguna manera sienten que han vengado una afrenta no declarada. Pasar hambre pudiendo no pasarla. Qué cojudez.
Ismael y Rodo se sonríen entonces en la oscuridad, hermanos y cómplices. Artistas del hambre a ellos, no te jode. Tras de sí, crepitan las hogueras en el asentamiento de chabolas, barnizando de tonos anaranjados y rojos sus viviendas, aguardándoles.
Y regresan a su realidad, pobres, incultos y dignos…







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