El infierno de Magán






«¿Sabes quién fue el primer alfarero?», me preguntó mi padre en la Plaza de Priego, Cuenca. Luego ahuecó la voz y respondió solemnemente: «Dios».

Y como si lo que hubiese dicho fuese un ritual tan ineludible como santiguarse en la Iglesia, nos adentramos en Magán. Allí, desde un lateral del patio, manos, arcilla y sudor una misma cosa sobre el torno, Magán-Padre hacía girar la platina empujando enérgicamente la rueda con el pie. «¿Listo para bajar al Infierno?», me acarició de tierra el moflete, capitaneándonos hacia su cueva.

Vertical e interminable, siempre hacia abajo, aquellas paredes tenuemente iluminadas asemejaban catacumbas que condujeran al Averno. Estaba aterrado. Todo miedo, sin embargo, se esfumó como por ensalmo. En lo más recóndito de su alfarería aguardaba lo mejor de su arte: vasijas imposibles, azulejos esmaltados, platos decorados de indescriptible belleza, lámparas cascabeleantes...


Y ahí fue que Magán-Padre invitó al mío a algún licor; mientras yo hipnotizado, infantilmente circunspecto, ponderaba: «Caray, quién lo iba a decir, vaya sitio tan hermoso el Infierno».






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La envidia no (expurgo gnómico)










La envidia es una declaración de inferioridad.
—Napoleón Bonaparte—



Sin problema puedo entender la lujuria,
el placer descontrolado y genital de la carne,
o incluso, consustancial, como buen vasco,
empatizar con el dulce pecado de la gula.
Los iracundos tampoco me son desconocidos
—¡el reptil que fuimos acecha en cada interior!—,
y en este mundo de consumista dementes
resulta tristemente inevitable rodearse de codiciosos.
Y qué decir, ¡ay!, de la soberbia o la pereza,
el espejo desde el que se eleva mi colchón,
el colchón donde dejo descansar mi espejo.


Todo esto declaro, confieso y firmo.


No obstante, juro y perjuro aquí
que la ENVIDIA me es desconocida.
¡La envidia, argh!, el más abyecto
y grotesco de los pecados,
privilegio de desgraciados
y acomplejados incapaces.
Vergonzoso cáncer espiritual,
la puta envidia; larva parasitaria
reptando por los intestinos,
el páncreas y el corazón
de los autodisminuidos,
erupcionando atópicamente
como una eflorescencia multicolor
con la vistosidad de los eczemas
de quien no se soporta a sí mismo.
Ni siquiera es necesario destacar
o aquilatar grandes virtudes, no,
los envidiosos son imaginativos
y fabrican su propio alimento.
Estigma entre los estigmas,
me asquea, me provoca arcadas,
incluso he llegado a vomitar, ¡coño!,
al advertirla en los ojos de familiares
o en legañas de quien considero amigos.


La envidia no.

Esa es mi envidiable suerte.






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Receta de babas de cáscaras de altramuces








—Señor conde —comenzó Patronio—, uno de estos hombres llegó a tal extremo de pobreza que no le quedaba en el mundo nada que comer. Habiéndose esforzado por encontrar algo, no pudo más que encontrar una escudilla de altramuces. Al recordar cuán rico había sido y pensar que ahora estaba hambriento y no tenía más que los altramuces, que son tan amargos y saben tan mal, empezó a llorar, aunque sin dejar de comer los altramuces, por la mucha hambre, y de echar las cáscaras hacia atrás. En medio de esta congoja y este pesar, notó que detrás de él había otra persona y, volviendo la cabeza, vio que un hombre comía las cáscaras de altramuces que él tiraba al suelo.
—El conde Lucanor, Don Juan Manuel—



Hasta las heces, hasta la náusea,
rebañando el fondo del plato,
cuscús de babas, al pesto, al pil-pil,
babas al papillot, marmitako, olla podrida,
caldo, quiché, wok oriental de babas,
o en crudo, sashimi de babas, ¡umh!


La receta es sencilla:
un ser lastimero come altramuces;
arrastrándose tras él, otro devora,
con ansias, las cáscaras que arroja,
su labio belfo de retrasado mental
derramando densas babas de drupa
mientras engulle y gimotea…


Bien, recojámoslas,
trabajemos esa materia prima.
¡Cocina de aprovechamiento!
El desayuno de los campeones
esa tercera cadena de la vergüenza,
las babas de cáscaras de altramuces.




Así, recomencemos,
las posibilidades son infinitas:
en puchera, fricasé, fondué de babas
fumet, espuma de babas, esferificación,
babas tres estrellas Michelín,
levemente salpimentadas,
con una presentación primorosa,
y un emplatado perfecto,
caprichoso trampantojo
que esconda lo que son.


Algún comensal, probablemente,
torcerá el morro al probarlas
—¡coño, joder, está comiendo
babas de cáscaras de altramuces!—,
pero es labor obligada del chef
mostrarse perplejo y ofendido:
«Mon Dieu!», juzgar su cucharón.


La gran mayoría, no obstante,
le pillarán el sabor a la primera
(hay quien comería cualquier cosa,
incluso sin excesiva hambre),
o quizá solo tragarán con fruición,
por miedo a mostrarse ingratos
ante ese resto de babas, ese residuo
que tan amorosamente se le ofrece.


¡Ñam! ¡Ñam! ¡Glubs! Slurp…



El plato de moda, el alimento primordial,
¡babas de cáscaras de altramuces!
Los tecnócratas sonríen alborozados,
brindando con Chateau Lafite de 1945,
retrepados de gusto en sus asientos,
sus grandes papadas deglutiendo becadas
como Gargantúa engullía parvulitos.


¡Y ay de aquel que reniegue de sus bondades!
¡Ay de quien refute su saludable capacidad
antioxidante, laxante  y rejuvenecedora!
Serán tachados de locos, trasnochados, antisistema,
 izquierdistas utópicos, sus pies nunca en el suelo…


Ni griegos ni españoles eligen el menú.
El dogma establece comerse los despojos,
la base de la nueva dieta mediterránea.




Y el mensaje ha calado, observad:
los comedores sociales las reparten
con misericordiosa conmiseración;
muchachas que nunca aprendieron a cocinar
levantan en cada esquina franquicias de babas,
comida rápida para conformistas lameculos
deseosos de beberse esos salivazos racionados
(satisfechos y hasta colmados, se diría);
sin olvidar los anuncios de televisión,
recordándonos nuestra ración diaria de soma,
animándonos a esa felicidad viscosa
al alcance de nuestras posibilidades:


«Qué ricas,
comprad,
probadlas,
menos es más:
 ¡babas de cáscaras de altramuces!»


En todo supermercado
y grande superficie.




Así es el mundo, en resumen,
en su inmensa mayoría
un rebaño acojonado y servil,
gastronómicamente ignorante,
hartándose de un plato
que a mí me sabe a mierda.


Aunque supongo,
o prefiero pensar,
que cada vez más gente
preferimos la hambruna
o morir de inanición
antes que la indignidad
—¡qué asco, Dios!—
de comer altramuces.


No digamos ya
la zurrapa
de esas babas
de cáscaras
de altramuces
que los dioses
desde el cielo…


…nos escupen.







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