A pair of brown eyes








Quería explicar mi versión.


Cualquier historia
viene perfilada
por el ojo del narrador.
Esta no es diferente.


Cuidado, no encontraréis aquí una disculpa,
que nadie busque aquí arrepentimiento
ni justificación.
Me cago en los juicios populares,
defeco sobre la tonsura del Ejército
de la Santa Urbanidad.


Mi versión, vamos allá,
cimentada en rencor,
entibada en música,
está hecha de canciones
-Pictures of you,
La Copa de Europa,
How soon is now...-;
o por ejemplo, aquí, ahora,
escuchad la voz de MacGowan,
estropajos y atabacada,
humectada en whisky,
hablándome de un par
de ojos marrones.


Y esos ojos marrones, claro,
son los suyos:
inteligentes y tristes,
reflejos del abismo,
cristales opacos
hacia el Gran Todo
(la Gran Nada).


Ese misterio miope en sus ojos...
no había salida, ¿no lo veis?


And a rovin' a rovin' a rovin' I'll go
for a pair of brown eyes…
(una voz que emana del hígado)


En serio, deberíais
haber mirado de frente
esos ojos marrones.
Lo entenderíais.


(...)


Quería explicar mi versión,
hecho está.
¿Qué somos, después de todo?
Poco más que un punto de vista.


(un par de ojos marrones
poniendo en perspectiva
un par de ojos marrones)









.




En el paraíso perdido de la probabilidad






En el paraíso perdido
de la probabilidad.

En otra parte.
En otra parte.
Igual que suenan estas palabras.

—Wislawa Szymborska—


En el paraíso perdido
de la probabilidad
tú no existes;
no tú, tal como eres,
sino otra persona distinta,
o quizá nadie.

Ali Biznair, en Harvard,
calculó matemáticamente
dicho milagro existencial:

1 / 10 2,685,000

Es para volverse loco.




A su vez,
el 15% de la población mundial
—seguramente más—
pasa hambre.

La probabilidad de ser un hambriento más,
idéntica a la de acertar la cifra con un dado:

1 / 6

Da que pensar.




Los números aparecen sobre las cabezas
de la gente que veo pasar.

Aparentando todos ser gente normal.
Ajenos a su singularidad,
no prodigios en movimiento.

Esforzándose en parecer vulgares.



Todo es un albur,
una combinación estadística.

La probabilidad de seguir vivos a estas alturas.
La probabilidad de no haber entrado en ese bar.
La probabilidad de trabajar en otra parte.
La probabilidad de nacer en otro lugar.
La probabilidad de recibir otra educación
(y mudar, por otro, nuestro pensamiento).
La probabilidad de que ningún ser querido enferme jamás.
La probabilidad —¡terrible!— de sobrevivirlos a todos.
La probabilidad, en fin, de coger ese camino, o aquel otro.

Lo que pudo haber sido.
Lo que pudo ser,
y no será.




Y prolongar el pasado,
especular diversas encrucijadas,
hipotéticos cambios de rumbo,
imaginarnos felices
en otras vidas…
¡bagatelas mentales!

En el paraíso perdido
de la probabilidad
nuestras fantasías se burlan
de nosotros mismos:
por incomparecencia.


….


¿Quieres jugar?
¿Acaso quieres seguir jugando?

Monty Hall abrirá una puerta
y detrás siempre habrá una cabra.
Y tras la otra puerta de tu elección,
invariablemente, otra cabra más.

Cabras, siempre cabras.
Cabras y arrepentimiento.
¿Qué posibilidad crees tener?




Amigo,
este juego está trucado.

En el paraíso perdido
de la probabilidad
ella no existe;
en dicho no lugar,
asúmelo, tú tampoco.

1 / 10 2,685,000

Ni siquiera deberías
estar leyendo esto.
Estas palabras no existen.
Su autor no existe.
Tú, lector, no existes.

Ninguno fue concebido.



La oportunidad perdida.
La probabilidad desechada.
Toda amargura una entelequia;
todo fracaso, mera ficción.
¡La ficción, mera ficción!

En la calidez del cero
de la inexistencia.

Donde no hay tiempo,
ni espacio.

Donde tú y yo.




Es el paraíso:
¿lo ves al fin?

Nada.
Nadie.

(…)

(…)

(…)









Manchas







Una mancha en el riñón de mi padre.
Una mancha en el pecho
de mi hermana pequeña.
Manchas en tu cerebro.


Manchas que ensucian todo,
que enlodan de congoja mi hipocondría,
que tiznan de miedo mis pesadillas.


Manchas entrometidas,
manchas advenedizas
que aparecen donde no deben,
¡exactamente allí donde no deben,
las manchas de mierda!


Manchas como patas de araña,
manchas de plumas negras,
manchas que contaminan
todo espacio respirado.


¡Manchas, os declaro la guerra!
Vosotras y yo tenemos un problema.


Este expurgo es una advertencia,
sólo una advertencia.





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Paréntesis ( )






La posibilidad de esa isla,
que Houellebecq exploró.
La tardía tregua de Benedetti.


Hemorragia breve,
recuerdo recurrente,
asidero al que volver.


Hablo de
(abro paréntesis)
ese cese de las hostilidades,
ese armisticio confortable,
ese rato de aliento
sobre las ruinas.


Hablo de
[la felicidad]
ese espacio acotado.


[Del amor] hablo.


Un tiempo
[igual que la vida]
entre la nada y la nada.



(cierro paréntesis)








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Dios no existe









Diez y media de la mañana
del 2 de Agosto de 2017.
Te llama tu hermana mediana
para informarte:
«Dios no existe».


Nuestra hermana pequeña tiene cáncer,
un tumor en el pecho,
te dice.




Dios no existe.






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Me acuerdo (1)





Me acuerdo de un kiosko, el de la Merce, en un pueblo de Cuenca. La mujer no se lavaba, el kiosko olía a pis. Te entregaba las chuches directamente con sus manos, también sucias. Nunca he comido gominolas más dulces.


Me acuerdo de repetir 2º de BUP por concluir que raíz de ocho entre cero era igual a cero. Fue injusto. Opino que el destino me debe un año.


Me acuerdo del pasado industrial, de Altos Hornos como una gran ciudad futurista. De las explosiones de la colada cuando el acero fundido se encontraba con el agua. De los obreros bebiendo brandy y viendo una película porno a las siete de la mañana. De las paredes manchadas de gris. De que todos fumaban.


Me acuerdo de los antiguos trenes de cercanías. De su traqueteo cadencioso. Cuánto me gustaba.


Me acuerdo del sonido que hizo mi corazón al romperse. Del momento preciso. Es verdad lo que dicen, es hermoso: una sinfonía de cristales rotos.


Me acuerdo de cuando ir al cine era una fiesta, y gritábamos, y aplaudíamos, y se celebraba lo que ocurría en pantalla.


Me acuerdo de saltar a un río desde una roca, de niño. Había que saltar hacia delante para evitar chocar con la roca. Cientos de veces salté desde esa roca, miles. La última vez que subí a esa roca me dio miedo saltar.


Me acuerdo de la primera vez que mi hijo me devolvió una pedorreta. Yo se la hice, él la repitió. Se le escurrían las babas al hacerlo. No he visto nada más adorable en mi vida. El amor absoluto en ese instante.


Me acuerdo de la canción ‘Pictures of you’, de The Cure, en Kobetas.



Me acuerdo de jeringuillas tiradas en el patio enfrente del colegio de las monjas.


(...)

Aquí hubo un ser humano







Si muero recordad que no he sido bueno,
pero tampoco malo.

No me recordéis con odio.

Si muero, por favor, no,
no me convirtáis en demonio,
pero tampoco en ángel.

Lo intenté hacer todo,
de verdad, TODO,
de la mejor manera posible:
y fracasé.

Es la mía una historia de mala suerte,
pero tampoco quiero que me penséis
como un desgraciado.

No me recordéis con odio,
no me recordéis con rencor,
por favor.

Tampoco me echéis demasiado de menos,
no merezco altares
ni sagrarios.

Lo intenté, de verdad.
No lloréis mi fracaso
que fue solo mío.

No me recordéis con odio.
No me recordéis con lástima.
No me recordéis con rencor.

Si acaso con un poquito de amor.

Por favor.






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