Esto es







Nunca había escuchado un sonido semejante, lluvia percutiendo sobre techos de hojalata, repulsivo chasquido de cucarachas pisoteadas, eco ahogado de lágrimas no derramadas. Una sinfonía de cristales rotos, graznido de gargantas afásicas, rechinar de encías, aullido en el barro de una madre que, con horror, descubre no lo será más. Un rugido quedo, crujir de dedos, murmullo de oraciones no correspondidas ante crucifijos sordomudos (siempre sordos, siempre mudos). El aullar del lobo una noche sin luna, el grito de un cuadro sin boca, el alarido congelado de esa escultura —Rodin sabe— en el preciso momento de la angustia. El fragor estentóreo de la indolencia, el puto ruido de la puta humanidad —y sus putas risas, y su puta mansedumbre—, de falsa camaradería entre semejantes. La desesperanza sofocada, el griterío de la obediencia, ese silencio cruel de piafar de caballos viejos, ese golpeteo de corazones deshabitados. La arcada, esto es.


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En el centro, ella








Nadie me dijo nunca que la pena se pareciese tanto al miedo.
—C.S. Lewis—


Huele, como en todas,
a limpieza y a muerte,
al aséptico olor de la ocultación;
una habitación de hospital,
las paredes azul claro
con un blanco esponjado
intentando asemejar el cielo;
un cielo lejano, de otro lugar,
de otro planeta del pasado,
porque a través de esta ventana,
potestativamente cerrada,
sólo entra una claridad deprimente,
una luminosidad gris hormigón: 
Cruces-enfermedad-Barakaldo.


Un sonido de resistencia eléctrica
tenue, constante, irritante,
reverbera todo el rato:
supongo que proviene del gotero
(azul, amarillo, blanco, verde, rojo;
suero, morfina y Enantyum ahora)
al que está conectada.


Ella.


Porque en el centro, está ella:
mi hermana.


Ahora duerme.
Confío en que dormida
no sienta dolor;
que no sienta nada, confío.
Y la observo: dormida,
calva, hinchada, pálida,
o más bien de un color macilento,
petequias alrededor de su nariz,
postura pisciforme, fetal,
dos vías sobresaliendo
de su brazo izquierdo.


Y su labio superior, levantado,
un morro inocente,
un gesto infantil,
exactamente igual
que cuando era un bebé:
un precioso bebé dormido
de cerrados ojos grandes
y labio superior levantado.


Hace un rato se la ha llevado un enfermero
para realizarle una placa del pecho;
le he odiado, por despertarla.


Porque en el centro está ella,
mi hermana.


Debemos todos llevar máscaras,
debido a sus bajas defensas.
Las máscaras alteran nuestra voz,
las máscaras sólo dejan ver nuestros ojos,
y son ojos tristes: mi padre, mi madre,
mi hermana Teresa, yo mismo.
Callamos y observamos,
“en aislamiento”,
como nos han dicho
que tenemos que estar.


Yo aprovecho para recordar:
el día que olvidé recogerla
de la guardería de Kueto
(treinta años después,
ahí sigue la culpa);
o bañarse desnuda, muy pequeña,
en un río de Cuenca, por ejemplo.
Recuerdo cómo forcejeaba contra mí,
cuando quería robarle un beso,
o madrugando mil veces para ver
“Aladdin”, su película favorita,
conmigo señalándole, burlón,
que se parecía al mono, Abú.


Recordamos en silencio,
callamos, observamos.
Hoy nadie hace bromas y esa,
quizá, sea la gran pérdida.


Porque en el centro está ella,
mi hermana.


Nunca he estado tan asustado.
No digo preocupado, no es eso,
¡asustado!, del sustantivo miedo.
Un heraldo con dientes de chacal
susurra voces de muerte en mi nuca,
presagios de futuros terribles,
futuros donde yo no existo;
porque si ella se muere,
yo me muero.
Esto es así.


Así de fácil.
Así, tal cual.


Porque en el centro está ella,
mi hermana.


Dicen que nos parecemos,
no es verdad.
Yo no soy ni la mitad de fuerte.
Yo no soy ni la mitad.


Yo no sabría luchar.
Yo ni siquiera sé qué hacer,
sólo sé callar, observar
y recordar en silencio,
maldiciendo esta habitación
de paredes de falso cielo azul
que huelen a limpieza y muerte
y donde mi hermana duerme
con el labio superior levantado
mientras yo respiro angustiado
bajo mi máscara desechable
y me trago las ganas de llorar.


Esta escenografía cruel,
este derrumbe menesteroso
no debería ni existir;
es privilegio del hermano mayor
no sobrevivir a sus hermanas,
declinar antes que ellas.


Mi dolor está localizado.
En el centro está, ¿no lo veis?


En el centro,
ella,
mi hermana pequeña.





(24 de Noviembre de 2017)




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A pair of brown eyes








Quería explicar mi versión.


Cualquier historia
viene perfilada
por el ojo del narrador.
Esta no es diferente.


Cuidado, no encontraréis aquí una disculpa,
que nadie busque aquí arrepentimiento
ni justificación.
Me cago en los juicios populares,
defeco sobre la tonsura del Ejército
de la Santa Urbanidad.


Mi versión, vamos allá,
cimentada en rencor,
entibada en música,
está hecha de canciones
-Pictures of you,
La Copa de Europa,
How soon is now...-;
o por ejemplo, aquí, ahora,
escuchad la voz de MacGowan,
estropajos y atabacada,
humectada en whisky,
hablándome de un par
de ojos marrones.


Y esos ojos marrones, claro,
son los suyos:
inteligentes y tristes,
reflejos del abismo,
cristales opacos
hacia el Gran Todo
(la Gran Nada).


Ese misterio miope en sus ojos...
no había salida, ¿no lo veis?


And a rovin' a rovin' a rovin' I'll go
for a pair of brown eyes…
(una voz que emana del hígado)


En serio, deberíais
haber mirado de frente
esos ojos marrones.
Lo entenderíais.


(...)


Quería explicar mi versión,
hecho está.
¿Qué somos, después de todo?
Poco más que un punto de vista.


(un par de ojos marrones
poniendo en perspectiva
un par de ojos marrones)









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En el paraíso perdido de la probabilidad






En el paraíso perdido
de la probabilidad.

En otra parte.
En otra parte.
Igual que suenan estas palabras.

—Wislawa Szymborska—


En el paraíso perdido
de la probabilidad
tú no existes;
no tú, tal como eres,
sino otra persona distinta,
o quizá nadie.

Ali Biznair, en Harvard,
calculó matemáticamente
dicho milagro existencial:

1 / 10 2,685,000

Es para volverse loco.




A su vez,
el 15% de la población mundial
—seguramente más—
pasa hambre.

La probabilidad de ser un hambriento más,
idéntica a la de acertar la cifra con un dado:

1 / 6

Da que pensar.




Los números aparecen sobre las cabezas
de la gente que veo pasar.

Aparentando todos ser gente normal.
Ajenos a su singularidad,
no prodigios en movimiento.

Esforzándose en parecer vulgares.



Todo es un albur,
una combinación estadística.

La probabilidad de seguir vivos a estas alturas.
La probabilidad de no haber entrado en ese bar.
La probabilidad de trabajar en otra parte.
La probabilidad de nacer en otro lugar.
La probabilidad de recibir otra educación
(y mudar, por otro, nuestro pensamiento).
La probabilidad de que ningún ser querido enferme jamás.
La probabilidad —¡terrible!— de sobrevivirlos a todos.
La probabilidad, en fin, de coger ese camino, o aquel otro.

Lo que pudo haber sido.
Lo que pudo ser,
y no será.




Y prolongar el pasado,
especular diversas encrucijadas,
hipotéticos cambios de rumbo,
imaginarnos felices
en otras vidas…
¡bagatelas mentales!

En el paraíso perdido
de la probabilidad
nuestras fantasías se burlan
de nosotros mismos:
por incomparecencia.


….


¿Quieres jugar?
¿Acaso quieres seguir jugando?

Monty Hall abrirá una puerta
y detrás siempre habrá una cabra.
Y tras la otra puerta de tu elección,
invariablemente, otra cabra más.

Cabras, siempre cabras.
Cabras y arrepentimiento.
¿Qué posibilidad crees tener?




Amigo,
este juego está trucado.

En el paraíso perdido
de la probabilidad
ella no existe;
en dicho no lugar,
asúmelo, tú tampoco.

1 / 10 2,685,000

Ni siquiera deberías
estar leyendo esto.
Estas palabras no existen.
Su autor no existe.
Tú, lector, no existes.

Ninguno fue concebido.



La oportunidad perdida.
La probabilidad desechada.
Toda amargura una entelequia;
todo fracaso, mera ficción.
¡La ficción, mera ficción!

En la calidez del cero
de la inexistencia.

Donde no hay tiempo,
ni espacio.

Donde tú y yo.




Es el paraíso:
¿lo ves al fin?

Nada.
Nadie.

(…)

(…)

(…)